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Por Robert Prat ()
Miami.- El tiempo se agotó para Manny Ramírez. Tras una década en el limbo de la boleta del Salón de la Fama, el bateador dominicano ha sido oficialmente expulsado de la votación anual al no alcanzar jamás el 75% de los votos requeridos.
Según las reglas inamovibles de Cooperstown, su nombre desaparecerá de las papeletas a partir de 2027. Su candidatura, una de las más complejas y divisivas de la era moderna, llega así a un final administrativo, pero no al olvido: se traslada ahora al purgatorio del Comité de la Era Contemporánea, donde sus opciones serán, si cabe, aún más remotas.
El expediente deportivo de Ramírez era, sobre el papel, intachable. Con 555 jonrones, un promedio de .312 y un OPS+ de 154, sus números gritaban «inmortal». Sumaba doce All-Star, nueve Bates de Plata, dos anillos de Serie Mundial y un MVP de la postemporada.
Un currículum diseñado a medida para el bronce. Sin embargo, Cooperstown nunca ha sido solo un museo de estadísticas; es también un tribunal moral. Y fue en ese terreno extradeportivo donde la leyenda de «Manny being Manny» se resquebrajó de forma irreversible.
Dos suspensiones por dopaje —50 juegos en 2009 y 100 en 2011— mancharon su legado con la tinta indeleble de la política antidopaje de MLB. A esto se sumó una reputación de actor conflictivo, caprichoso y desconectado, particularmente durante sus años en Boston.
Los votantes, encargados de custodiar no solo la excelencia sino también la «integridad del juego», enfrentaron una disyuntiva imposible: honrar a uno de los bateadores más puros de la historia… que a la vez fue declarado impuro por el propio deporte en dos ocasiones.
El camino que le espera es aún más escarpado. Su caso pasará al Comité de la Era Contemporánea, un panel reducido y tradicionalmente más estricto que el voto de los escritores. El precedente de Barry Bonds y Roger Clemens —genios con la sombra de los esteroides, pero sin suspensiones formales— sugiere un futuro sombrío. Para Ramírez, con dos sanciones oficiales en su expediente, la barrera será aún más alta. La redención, si es que alguna vez llega, será lenta, tortuosa y nada garantizada.
Así, el legado de Manny Ramírez queda fracturado para siempre. En los libros de récords será recordado como un titán del bate. En la historia del juego, sin embargo, quedará como el paradigma del talento sublime ensombrecido por las propias decisiones.
Su exclusión de la boleta no es solo el fin de una candidatura; es el mensaje más claro de que Cooperstown ha decidido, al menos por ahora, que algunos errores fuera del diamante pesan más que todos los aciertos dentro de él. La puerta principal se cerró. La trasera, apenas entreabierta, podría no volverse a abrir.