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Por Luis Alberto Ramirez ()

Miami.- El régimen de Cuba sabe, y lo sabe muy bien, que Estados Unidos no va a intervenir en la Isla. No hay dudas al respecto. Lo sabe porque también sabe que, dentro de Cuba, la disidencia ha sido convertida en una herejía: perseguida, fragmentada y aislada.

Los opositores ideológicos del sistema están hoy más dispersos entre sí que estrellas en el universo, sin articulación real, sin estructuras visibles, sin posibilidad de convergencia nacional.

A eso se suma que la cúpula gobernante cubana no es un gobierno en el sentido político del término, sino una puesta en escena macabra de una familia que administra el poder como si fuera una herencia privada. Por eso la llamada “fórmula Venezuela” no es aplicable a Cuba. En Venezuela existían partidos, elecciones, un sistema que podía ser manipulado. En Cuba no hay nada de eso.

Primero: no existen partidos políticos con los cuales simular una competencia electoral. Segundo: no tienen que robarse lo que ya se robaron hace 67 años. Tercero: ¿a quién van a secuestrar políticamente en Cuba?

Estado fallido

Miguel Díaz-Canel no es nadie en términos de poder real. A falta de él, cualquiera sirve. Para administrar una finca no hace falta un presidente, basta un capataz. Manuel Marrero Cruz, un delegado del llamado “poder popular” o cualquier burócrata obediente cumple exactamente la misma función. Para llevar a Cuba hasta donde está no hace falta ser brillante; basta con no pensar, obedecer y reprimir.

Por eso resulta grotesco hablar de “Estado de Guerra”. Lo que el gobierno cubano debería admitir, con un mínimo de honestidad histórica, es el estado de calamidad del sistema y obrar en consecuencia.

Hoy los indicadores de Estado fallido son imposibles de ocultar: Pérdida del control sobre la industria eléctrica. Colapso del sistema sanitario. Aumento sostenido de la criminalidad. Renuncia explícita a implementar reformas estructurales que alivien la miseria.

Cuba no funciona como país; funciona como un gran aparato de control, cuya única eficiencia real está en la vigilancia, el castigo y la represión. No produce bienestar, no genera futuro, no administra esperanza. Solo administra miedo.

La solución, por tanto, no pasa por guerras ficticias ni discursos huecos. La única vía racional es apretar a la dictadura hasta que implote, porque sí existen alternativas. Lo que no existe, y el régimen lo sabe, es voluntad de salvar un sistema que ya murió, pero que se mantiene en pie únicamente por la fuerza y un milagro del equilibrio social.

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