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Por Yoyo Malagón ()
Madrid.- Dicen que el Real Madrid no está en crisis. Y es cierto. Está en algo mucho más peligroso: en el sofá. Esa postura cómoda, de piernas cruzadas y mirada televisiva, que adopta una directiva que ha decidido que el peligro es mejor enfrentarlo con mantita y una tila. Claro que no hay crisis: viven en Champions y están a un suspiro del Barça. Ese es el problema. El éxito inmediato es el mejor anestésico para la necrosis futura. Y en el Bernabéu ya ni siquiera se siente el pinchazo.
Mientras Arbeloa, con la sonrisa tensa de quien tiene que pedir prestado el crédito a la historia, habla de Cibeles y de corazones enormes, los titulares gritan otro nombre: Rúben Neves. Un centrocampista que, dicen, «se ofrece». La frase lo dice todo. El Madrid ya no compra, no seduce, no conquista. Espera a que le ofrezcan rebajas en la sección de creatividad. Y aun así, con el jugador en la puerta, con la cartera del Al Hilal abierta como un agujero negro, la directiva se rasca la barbilla. Tienen dudas. Del rendimiento. Del precio. Y del apetito. Del riesgo. Tienen dudas de todo, menos de su propia capacidad para dudar.
La justificación es de manual contable, no deportivo: «Termina contrato en junio». Es la lógica del hombre que, viendo un incendio, decide no llamar a los bomberos porque al día siguiente es festivo y quizás la lluvia lo apague. Se juegan una Liga y una Champions, pero priorizan el ahorro de una prima de invierno. Es el mismo club que pagó galácticos a precio de estrella fugaz, ahora contando los céntimos para no pagar por un cerebro en la medular. La paradoja es tan absurda que duele: el Madrid más rico de la historia es también el más tacaño con sus propias necesidades.
Y mientras, los técnicos del departamento de fútbol –esos seres mitológicos que ven partidos y no balances– lanzan el aviso: hace falta un centrocampista creativo. Es como si los cirujanos pidieran un bisturí estéril y la administración les enviara un cuchillo de untar mantequilla, diciendo que «corta lo suficiente». El mensaje está claro: la plantilla es «extraordinaria». Y lo es. Pero incluso las orquestas extraordinarias, cuando se les rompe un violín, no siguen tocando el himno de la alegría con una armónica.
Así que nos quedamos con el mismo guion de los últimos años: la fe en lo existente, la apuesta por el aguante, la esperanza de que Bellingham no se rompa, de que Camavinga no se agote, de que un milagro supla la falta de un plan. Es el Madrid del «ya veremos». Del «confiamos en los nuestros». Un leño noble que, mientras navega hacia mayo, rechaza reparar la grieta porque la madera es buena y el viento sopla a favor. No importa que el océano esté lleno de icebergs llamados City, Bayern o el propio Barça.
Al final, Rúben Neves se quedará en su banco dorado de Arabia, el mercado se cerrará con un portazo silencioso, y el Madrid seguirá su camino con las manos en los bolsillos y una sonrisa de autosuficiencia. Puede que incluso ganen algo. Ese es el riesgo mayor: que el éxito fortuito le dé la razón al conformismo. Que la directiva, desde su sofá, mire otra temporada más y piense: «Ves, no hacía falta nada». Y así, lentamente, la grandeza deja de ser una ambición para convertirse en un recuerdo que se brinda con una copa, mientras las sillas vacías en el centro del campo esperan a que alguien, algún día, tenga el valor de llenarlas.