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Por Luis Alberto Ramirez ()
Miami.- La narrativa oficial ha insistido durante décadas en que las llamadas misiones internacionalistas son un acto de altruismo revolucionario, una expresión de solidaridad socialista y compromiso ideológico. Sin embargo, la realidad cotidiana desmiente ese discurso. La mayoría de los cubanos que salen de Cuba no lo hacen por convicción política, sino por pura supervivencia familiar.
Dentro de la Isla, la vida se ha vuelto prácticamente inviable. Salarios simbólicos, escasez crónica, inflación sin control y un sistema que castiga la iniciativa individual empujan a miles a aceptar condiciones laborales que, en cualquier otro contexto, serían consideradas explotación.
Muchos cubanos lo resumen con una frase brutal pero honesta: para conocer el infierno no hay que ir al inframundo, basta con vivir en Cuba. Bajo ese escenario, salir del país, aunque sea como mano de obra barata controlada por el Estado, se convierte en la única vía para enviar algo de dinero a la familia que queda atrás, casi siempre en condición de rehenes económicos.
Nadie abandona su hogar, a sus hijos o a sus padres por romanticismo revolucionario. Se va porque no hay otra opción. Se va porque el sistema ha cerrado todas las puertas internas y ha dejado una sola rendija externa, convenientemente controlada por el propio poder. Las remesas que llegan desde estas misiones no son un “extra”: son la diferencia entre comer o no comer, entre resistir o colapsar.
Ahora, con la posible salida o reducción de los llamados “cooperantes” cubanos en Venezuela, el impacto será devastador. Muchas familias que sobrevivían gracias a esos envíos quedarán a la intemperie. Y los que regresen, si es que regresan, deberán readaptarse a las migajas que reparte el gobierno: un salario que no alcanza, una libreta simbólica y la misma falta de futuro.
La pregunta es inevitable y dolorosa: ¿qué será de los cubanos sin ese “maná” que durante años llegó desde Venezuela? Si incluso con esas remesas la mayoría vivía como pordioseros, sin ellas el panorama es aún más sombrío. No es una metáfora exagerada decir que, de seguir así, muchos pasarán de la precariedad extrema a una miseria casi primitiva.
Este no es un fracaso individual ni una falta de “conciencia revolucionaria”. Es el resultado lógico de un modelo que convirtió a sus ciudadanos en recurso exportable, muchas veces a coste de sus propias vidas, y a sus familias en rehenes silenciosos. Mientras no se reconozca esa verdad, cualquier discurso de solidaridad seguirá siendo solo propaganda vacía.