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Por Jorge L. León (Historiador e Investigador)
La Habana.- Cuba no se derrumbó solo por el colapso económico ni por la incompetencia de su modelo político. Se derrumbó, sobre todo, porque una ideología decidió convertir el hogar en territorio enemigo.
La dictadura comunista no se limitó a expropiar tierras, empresas y libertades. Expropió la intimidad. Confiscó la confianza. Dinamitó el vínculo entre padres e hijos. Transformó la familia —base natural de toda nación— en un espacio vigilado, sospechoso y políticamente contaminado.
Hoy, cuando más de medio millón de cubanos han huido del país en apenas dos años, cuando la isla vive el mayor éxodo de su historia, no estamos ante una simple crisis migratoria. Estamos ante una ruptura nacional. Familias enteras se han fragmentado. Padres y madres ven crecer a sus hijos por pantallas. Abuelos mueren sin volver a abrazar a sus nietos. Cuba se vacía por fuera y se desangra por dentro.
El castrismo entendió desde el inicio que la familia era un obstáculo para el control total. Por eso la infiltró, la vigiló y la corrompió. Los Comités de Defensa de la Revolución convirtieron la delación en virtud cívica. Las escuelas sustituyeron a los padres como formadores morales. El adoctrinamiento desplazó al amor. El miedo ocupó el lugar del respeto.
La lealtad al Partido pasó a estar por encima del vínculo de sangre. No fue un accidente. Fue un diseño político.
La ideología marxista-leninista nunca reconoció al individuo como sujeto libre, sino como pieza funcional. No concibe la familia como santuario, sino como estructura a someter. No acepta la diversidad moral, espiritual y cultural del ser humano. Aspira a moldear conciencias, uniformar conductas y fabricar obediencia.
El resultado está a la vista. Una nación de silencios. Una sociedad entrenada para fingir. Y una juventud sin horizonte.
Un país donde la supervivencia ha reemplazado a la esperanza.
Mientras millones sobreviven con salarios de miseria, los hijos de la élite gobernante viven en el extranjero, estudian en universidades occidentales y disfrutan de privilegios reservados. La igualdad fue siempre un eslogan. El poder, un negocio familiar.
Hoy las remesas sostienen la economía nacional. Son los desterrados quienes mantienen a los que los expulsaron. El exilio financia al régimen que lo provocó.
La mayor tragedia de Cuba no es solo la pobreza material. Es la devastación moral. La desconfianza convertida en norma. La doble vida como mecanismo de defensa. Ya resignación como herencia generacional.
Sin embargo, todavía hay una verdad que puede salvarnos.
Así como una ideología destruyó la familia cubana, solo la familia puede reconstruir la nación. Cuba no se levantará desde los despachos del poder, sino desde el reencuentro humano. Desde la memoria compartida. Desde el perdón necesario. Y desde la recuperación del hogar como espacio de dignidad.
Porque cuando la familia cae, la patria cae con ella.
Y si Cuba quiere volver a existir como nación, debe empezar por sanar su herida más profunda.