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Pactos en la sombra… ¿y si La Habana negocia detrás del telón?

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Por Max Astudillo ()

La Habana.- La revelación de Donald Trump, afirmando que mantiene negociaciones con Cuba para facilitar un cambio en la isla, pudo tomar por sorpresa a más de uno, entre ellos al propio presidente designado, Miguel Díaz-Canel.

Poco después de las declaraciones del inquilino de la Casa Blanca, el «Hombre de la limonada», como lo llama el colega Jorge Sotero, lo negó públicamente. Y lo negó más de una vez, como si se tratara de un problema de fe, casi bíblico, como si aquellas palabras casi sísmicas fueran a mover la tierra, el mar y hasta las masas subyugadas.

Pero el verdadero terremoto potencial no está en si el régimen habla o no con Washington; está en la posibilidad, casi una certeza en los pasillos del poder, de que esas conversaciones, si existen, se estén llevando a cabo en un circuito cerrado y ultrasecreto del que Díaz-Canel está deliberadamente excluido. Esta no sería una anomalía; sería la regla no escrita del castrismo: la diplomacia real es un asunto de familia, no de protocolo constitucional.

La historia es un manual de instrucciones. En los años 70, tras una visita crítica a Moscú, Raúl Castro regresó a la isla con un mensaje devastador de Leonid Brézhnev: la Unión Soviética no iría a una guerra nuclear por Cuba.

Ese diagnóstico existencial, que redefinió toda la doctrina militar y de alianzas del régimen, fue guardado como un secreto de Estado dentro del Estado. El pueblo, y buena parte de la nomenklatura, siguió creyendo en el paraguas invencible del «campo socialista». Fue la primera gran lección: la información crucial, la que define la supervivencia, es un patrimonio que solo comparte la familia Castro y su círculo íntimo de hierro.

El papel de El Tuerto

El guion se repitió durante el deshielo con Obama. Mientras la maquinaria propagandística fustigaba al «imperio» y Díaz-Canel —entonces un vicepresidente en ascenso— coreaba consignas, las negociaciones reales y sustantivas las llevaba Alejandro Castro Espín, el hijo de Raúl, en encuentros discretos y canales reservados con funcionarios estadounidenses.

Era una diplomacia paralela, donde el enviado no respondía ante el Ministerio de Relaciones Exteriores, sino ante su padre. Díaz-Canel, como el resto del Buró Político, fue informado a cuentagotas, solo cuando los acuerdos ya estaban prácticamente cocinados.

Hoy, ante la presión abrumadora de Trump y el cálculo implacable de Marco Rubio, es lógico —y estratégico— que el núcleo duro recurra al mismo método. Si hay una negociación de salvación, un «pacto del Maine» del siglo XXI, la está conduciendo alguien de la máxima confianza de Raúl Castro.

Podría ser el mismo Alejandro, o un general clave de los servicios de inteligencia con carta blanca. Su misión no sería discutir reformas, sino algo más sombrío y práctico: las condiciones de una salida, las garantías de no enjuiciamiento y la protección de los activos claniles a cambio de una transición controlada que Washington pueda vender como victoria.

Negación por protocolo

En este escenario, Díaz-Canel no es un traidor ni un ingenuo; es un monigote funcional. Su papel es poner la cara ante la ciudadanía, gestionar la miseria cotidiana y servir de fusible político mientras los dueños reales del poder negocian, a sus espaldas, el fin de su propio teatro. Es el presidente de la fachada, útil para mantener la ficción de normalidad y absorber el descontento, mientras en una sala segura, lejos de su alcance, se decide si él mismo será sacrificado como parte del acuerdo o si se le permitirá un retiro discreto.

Por eso el desmentido oficial es tan predecible y tan hueco. Negar las conversaciones es un protocolo obligatorio del guion.

Lo significativo sería que Díaz-Canel las confirmara. Que no lo haga, y que Trump insista, no hace sino confirmar la tesis: hay dos Cubas. La de los discursos y la presidencia decorativa, y la del búnker donde Raúl Castro y sus allegados, mirando el reloj de la historia que Trump ha adelantado, intentan salvar lo salvable —su patrimonio, su impunidad— a costa de lo que sea, incluido el hombre que hoy firma los decretos y se dirige a la nación desde un pupitre que nunca tuvo las llaves de la verdadera sala de mando.

El último secreto de los Castro podría ser el precio de su propia retirada, pactado con el enemigo, mientras el presidente de Cuba sigue hablando de resistencia eterna.

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