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Por Anette Espinosa
Santa Clara.- La vieja liturgia del recorrido oficial vuelve por enésima vez: funcionario que “intercambia”, directivos que asienten y cifras que pretenden impresionar a alguien que ya no cree en números inflados. Salvador Valdés Mesa aparece como un supervisor diligente en Santa Clara, pero no se menciona —porque nunca se menciona— qué impacto real tiene esa visita en la vida cotidiana del cubano. Hablar de esponjas para la cosmética en un país donde falta jabón raya en la burla.
La Empresa Pesquera Industrial de Caibarién es presentada como “pilar para la exportación”, una frase que en Cuba suele traducirse como producción que no se queda en casa. Exportar mientras el mercado interno está desabastecido no es eficiencia, es desconexión con la realidad. El régimen insiste en mostrar vitrinas productivas, aunque detrás de ellas haya trabajadores mal pagados y comunidades que no ven reflejado ese “éxito” en su mesa.
El apartado del arroz sigue el mismo guion triunfalista. Ocho mil hectáreas sembradas, catorce mil toneladas cosechadas, municipios que supuestamente se autoabastecerán “en los años venideros”. Todo suena muy bien, excepto para el ciudadano que sigue haciendo colas interminables o pagando precios abusivos en el mercado informal. La autosuficiencia siempre está en futuro; el hambre, en presente.
Hay algo más predecible: desarrollo local, optimización de recursos, eficiencia y metas trazadas. Palabras huecas repetidas hasta el cansancio por un modelo que lleva décadas prometiendo y nunca cumpliendo. Mientras los vicepresidentes elogian y los coordinadores enumeran cifras, el país real sigue esperando algo más concreto que discursos reciclados.
Cuba no necesita más recorridos ni consignas; necesita resultados que se noten, no que se redacten.