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Heisenberg y el examen que casi destruye a un genio

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Antes de convertirse en uno de los pilares de la física moderna, Werner Heisenberg estuvo a punto de perderlo todo… por no saber explicar cómo funcionaba una batería.

En 1923, con apenas veintidós años, regresó a Múnich tras estudiar en Gotinga y presentó su tesis sobre turbulencia, un problema tan complejo que su propio mentor, Arnold Sommerfeld, confesó años después: «Jamás le habría propuesto algo así a ningún otro alumno.»

La tesis fue aprobada, pero el verdadero desastre llegó en el examen oral. Frente al jurado presidido por Sommerfeld y el laureado Wilhelm Wien, Heisenberg respondió con soltura las preguntas teóricas, pero fracasó estrepitosamente en la física experimental. No supo describir el funcionamiento de un telescopio, un microscopio… ni siquiera el de una batería eléctrica.

Wien, indignado, quiso reprobarlo. Sommerfeld lo defendió con vehemencia. Finalmente, tras una intensa discusión, Heisenberg obtuvo su doctorado con la calificación de III, una nota modesta para quien luego redefiniría la física cuántica.

Avergonzado, tomó el tren nocturno a Gotinga y se presentó al día siguiente ante Max Born, quien lo había contratado como asistente. Temía haberlo decepcionado. Born, sin embargo, lo tranquilizó: «No retiro mi oferta. Estoy seguro de que te recuperarás.»

Heisenberg nunca olvidó aquella humillación. Su desinterés por la experimentación se mantuvo toda la vida. Paradójicamente, años después, al analizar los límites del microscopio, volvería a cometer un pequeño error teórico… pero esta vez, el fallo lo llevaría a descubrir su Principio de Incertidumbre.

De un examen desastroso nació una de las ideas más profundas del siglo XX: que la naturaleza misma se resiste a ser medida con precisión absoluta. (Tomado de Datos Históricos)

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