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Por Luis Alberto Ramírez ()

Miami.- Hay comparaciones que no solo son absurdas; son intelectualmente tramposas. Comparar la Cuba republicana de 1959 con la Cuba de hoy como si hubieran transcurrido 67 años sin que el mundo cambiara es una de ellas.

Perdonen el símil, pero como a los castristas les encanta comparar a Cuba con Estados Unidos, sigamos la corriente: ¿qué sentido tendría comparar los Estados Unidos de 1959 con los Estados Unidos de hoy y concluir que, como en 1959 había pobreza, desigualdad o discriminación, entonces Estados Unidos debería seguir siendo exactamente igual?

Ninguno.

Entonces, ¿por qué pretenden hacer eso con Cuba?

Sí, en la Cuba anterior a 1959 había pobreza. Es verdad.

Había desigualdad. También es verdad.

Había discriminación. Por supuesto que la había.

¿Y quién ha dicho lo contrario?

Lo que resulta absurdo es pretender que esos problemas constituían el destino inevitable de Cuba. Una nación no está condenada a permanecer eternamente en las condiciones en que se encuentra en un determinado momento de su historia.

Cuba avanzaba. Tenía problemas, enormes problemas, pero también tenía desarrollo, instituciones, inversión, crecimiento urbano, educación, industria, turismo y una economía que podía seguir evolucionando.

¿Que Cuba habría sido perfecta sin Fidel Castro? ¡Por supuesto que no!

Pero esa no es la discusión.

La discusión es si Cuba habría seguido evolucionando.

Y mi respuesta es sí.

Porque mientras el mundo avanzaba, Cuba también habría tenido que hacerlo. Igual que lo hicieron Estados Unidos, España, Italia, Japón, Corea del Sur, Singapur y tantos otros países que enfrentaron sus propias miserias, desigualdades y contradicciones y, en lugar de convertirlas en una justificación para destruirlo todo, siguieron transformándose.

Pero en Cuba ocurrió algo diferente.

Llegó el comandante y mandó a parar.

Y vaya si la paró.

La paró de tal manera que 67 años después todavía estamos discutiendo problemas que deberían pertenecer a los libros de historia: apagones, escasez de alimentos, falta de medicinas, deterioro de las viviendas, transporte colapsado, salarios miserables y una economía incapaz de satisfacer las necesidades elementales de su población.

Y todavía tienen el descaro de decirnos que el problema es cómo vivíamos en 1959.

¡No, señores!

El problema es cómo hemos vivido después de 1959.

En aquella entrevista con la periodista brasileña, Díaz-Canel habló de la Cuba republicana y mencionó problemas reales. Pero omitió convenientemente una pequeña variable: el tiempo.

Porque parece que, en la versión castrista de la historia, si Fidel Castro no hubiera llegado al poder, Cuba habría permanecido congelada en 1959.

Como si hubieran detenido los relojes del mundo.

Como si los cubanos hubiéramos tenido que vivir durante 67 años exactamente igual que en aquel momento.

Como si la tecnología no hubiera evolucionado.

Como si la economía mundial no hubiera cambiado.

Como si el turismo no se hubiera transformado.

Como si las ciudades no hubieran crecido.

Como si la medicina, las comunicaciones, la educación y la infraestructura no hubieran avanzado.

Como si Cuba hubiera sido condenada a permanecer eternamente en 1959.

Eso es precisamente lo absurdo.

Y hay una pregunta que puede resultar mucho más incómoda para el castrismo:

¿Cómo quisieran vivir hoy los cubanos?

Pregúntenselo a cualquier cubano de a pie, sin consignas, sin discursos y sin propaganda.

Pregúntenle cómo quisiera que fuera su vida.

Probablemente muchos responderían sin pensarlo dos veces:

«¡Como antes de 1959!»

No porque aquella Cuba fuera perfecta.

Sino porque, al menos, era una Cuba con futuro.

Celia Cruz lo resumió alguna vez con una frase que se hizo célebre al imaginar cómo habría sido Cuba sin Fidel Castro: «Si Fidel Castro no hubiera llegado al poder en 1959, Las Vegas no estaría en Nevada, sino en La Habana».

¿Es una hipótesis? Por supuesto.

¿Podemos demostrar que Cuba habría sido exactamente así? No.

Pero tampoco puede demostrar nadie que Cuba habría permanecido congelada en 1959.

Lo que sí podemos observar es lo que ocurrió después.

Una revolución que prometió convertir a Cuba en un paraíso terminó convirtiendo la nostalgia en una aspiración.

Y eso debería decirlo todo.

Cuba no se quedó en 1959.

La dejaron allí.

No fue el paso del tiempo lo que detuvo a la isla.

No fue la pobreza de la República.

No fue la desigualdad.

No fue la discriminación.

Fue un sistema político que decidió que el futuro de Cuba debía quedar subordinado a una ideología y al poder absoluto de una élite.

Y después de 67 años, pretender justificar el presente comparándolo eternamente con los defectos de la Cuba de 1959 no es un argumento.

Es una excusa.

Porque el verdadero debate no debería ser si la Cuba de 1959 era perfecta.

La pregunta debería ser otra:

¿Dónde estaría Cuba hoy si no le hubieran truncado su futuro?

Esa pregunta, curiosamente, es la que nunca quieren responder. Cuba está como está, !porque llegó el comandante y mandó a parar!.

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