
Díaz-Canel desnudo ante una periodista
Por Alina Bárbara Hernández López
Matanzas.- Varias cosas llamaron mi atención de la entrevista que hizo Mónica Bergamo, periodista del diario Folha de Sao Paulo, al presidente de Cuba Miguel Díaz Canel.
Ninguna tiene que ver con el entrevistado. No hubo nada nuevo ahí: la misma falta de capacidad oratoria, de carisma, de argumentos; iguales cinismo y prepotencia; las mentiras de siempre, aunque cada vez desfachatadas, y más indignantes. No hay saliva en el mundo que pueda hacer pasar por capaz a un tipo tan inepto.
Díaz-Canel se mantuvo todo el tiempo a la defensiva, demostrando gran incomodidad en sus expresiones oral y gestual. Le gustan las entrevistas de Rusia Today o de Al Jazeera. En ellas se siente relajado. Ayer estaba fuera de sí.
Varias personas han criticado a la periodista porque no le dijera mentiroso al presidente. Ningún profesional del periodismo haría algo como eso. Además, era innecesario; ella logró desestabilizarlo en varios momentos: cuando le dejó claro que había investigado y hablado con muchas personas en Cuba y que la tesis del bloqueo como causa esencial de la crisis no era creíble; cuando insistió en que las 176 medidas aprobadas eran capitalistas y el gobierno cubano se presenta como socialista.
Al desnudar esa contradicción prácticamente lo noqueó. Porque, como bien dice mi amigo Alexei Padilla: «A la izquierda dogmática no le importa que Cuba sea una dictadura. Lo que le importa es que sea supuestamente anticapitalista y antiestadounidense». Y eso, con los altísimos niveles de desigualdad existentes en nuestro país, las declaraciones del Cangrejo, y las 176 medidas, queda como una gran paradoja que Díaz Canel no puede ocultar por mucho que lo intente.
En tiempos de Fidel Castro, cuando no había internet, redes sociales, ni prensa independiente, ningún periodista (y habló con varios muy reconocidos) le hubiera podido decir al «líder histórico» que había conversado con muchas personas dentro de la Isla, que había investigado y que los datos no concordaban.
Esta época, por el contrario, ha traído una democratización del disenso. Ni siquiera hay que conversar con opositores que se reconozcan como tales. Para un periodista que desee saber, solo basta salir a las calles, observar, hablar con cualquier ciudadano, y la verdad se abre paso con la fuerza de un huracán categoría 5.
El tema Cuba se ha convertido en tendencia mediática en los últimos cinco meses. Muchos periodistas de medios importantes de Europa, Latinoamérica y Estados Unidos han viajado hasta acá para cubrir las consecuencias del cerco petrolero que el gobierno de Trump declaró desde marzo pasado.
He tenido la oportunidad de conversar con algunos, provenientes de España, Francia, Italia, Alemania, Holanda, los Estados Unidos, México, Colombia… Me han contado que tenían ciertas opiniones preconcebidas, que cambiaron cuando pudieron constatar de cerca la realidad.
Una buena parte de ellos cambió su perspectiva al presenciar el desastre de evidente vieja data, que indica gravísimos problemas internos económicos, políticos y sociales. La tesis del bloqueo como máximo responsable quedó relegada. Y no es que se hayan convertido en adoradores de Trump, ni que apoyen su política de máxima presión; para nada. Se trata de que han comprendido que la crisis general que existe en Cuba ya no puede camuflarse con el diferendo externo. Se trata de que cada vez es más visible el diferendo fundamental: el de un estado represivo basado en un sistema de exclusión política y violación de derechos a su ciudadanía; el de un estado dictatorial, sostenido por la ambición de un grupo de poder corrupto, cuya única ideología es la ambición.
Y desnudar esa imagen es, en mi opinión, el mayor éxito de la entrevista que hiciera la aguda periodista brasileña para Folha de Sao Paulo, el segundo mayor periódico de Brasil.



















