
El silencio de los huesos
Por Max Astudillo ()
La Habana.- La isla se desangra en cámara lenta, y nadie parece escuchar el rumor de los huesos cuando se secan. Aquí, en Cuba, morimos de a miles cada día, pero no hace falta una bala para matar a un hombre. Basta con quitarle el almuerzo, basta con que el médico no tenga una aspirina, basta con que la nevera sea un ataúd blanco donde solo habita el aire caliente.
Morimos cuando el cuerpo ya no tiene fuerzas para digerir la nada, cuando la piel se agrieta como la tierra en sequía y los dientes se caen uno a uno, como fichas de un dominó que ya nadie quiere jugar. Morimos, sobre todo, cuando los sueños se nos mueren dentro, cuando el futuro es apenas una palabra que pronuncian los locos y los niños que aún no saben mentir.
Y mientras el hambre afila sus uñas en cada estómago vacío, mientras la fiebre danza en los cuerpos de los ancianos que ya no tienen con qué defenderse, mientras la basura crece en las esquinas como un monstruo de espuma y moscas, la cúpula sigue su coreografía de siempre. Reuniones del Partido, reuniones de los CDR, la FMC cobrando sus cuotas como si si la vida no se estuviera acabando, inspectores con libretas y caras de piedra midiendo lo que ya no existe.
La policía vigila un teatro en la Universidad de Las Villas, con el mismo miedo de siempre, ese pánico cerval a que alguien escriba -de nuevo- la palabra «Libertad». Y la libertad, claro, es el único crimen que ya no puede pagarse con dinero.
El futuro es un espejo roto
La criminalidad ha crecido como la maleza, y ya nadie puede dormir tranquilo. El que tiene un panel solar en el techo sabe que esa noche puede ser la última vez que vea la luz. El que cuida una vaca, un cerdo, un caballo, vive con el ojo siempre abierto, porque el hambre convierte a los vecinos en sombras y las sombras siempre andan con cuchillos. Los campos, que antes eran verdes, ahora son polvo. Los pueblos, que antes cantaban, ahora son silencio. Y en ese silencio solo se oye el zumbido de los mosquitos, esos mensajeros de la muerte que no piden permiso para entrar en las casas, para posarse sobre la frente de un niño, para convertir un resfriado en una despedida.
He visto rostros que ya no tienen nombre. Bocas sin dientes que intentan sonreír y no pueden. Pieles que parecen mapas de una guerra antigua, agrietadas por el sol y por la falta de todo. He visto madres que buscan en la basura lo que el gobierno no les da, y he visto niños que ya no preguntan por el futuro porque saben que el futuro es un espejo roto. Y en medio de este paisaje de ruinas, los que mandan viven su vida, ajena, distante, como si el dolor fuera una película que ven desde un balcón. Mientras el pueblo se deshace, ellos se reúnen, decreta, reparten culpas y se olvidan de que la historia siempre cobra sus deudas.
Cuba no se hundió por un huracán. No se hundió por un bloqueo. Se hundió porque un puñado de hombres decidió que su idea era más importante que las vidas de once millones de personas. Y hoy, sesenta y tantos años después, el castrismo sigue siendo ese veneno que corre lento pero firme por las venas de esta tierra. Ya no hay esperanza que no sea un acto de rebeldía, ya no hay mañana que no sea una pregunta sin respuesta. Pero aún estamos aquí, rotos, cansados, pero aquí. Y mientras quede un cubano con fuerzas para soñar, mientras quede uno con ganas de pintar «Libertad» en una pared, la isla no habrá muerto del todo. Solo habrá que hacer algo, y pronto, antes de que el silencio se vuelva definitivo y los huesos ya no tengan a quién recordar.



















