
La rebelión de los muñones
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Los españoles creían que con un castigo bastaba para doblegar a un pueblo. En noviembre de 1557, capturaron a Galvarino, un guerrero mapuche, y le cortaron las dos manos. No lo mataron. Querían que volviera con los suyos como una advertencia viviente, un ejemplo de lo que les esperaba a quienes osaran resistirse. Pero la historia, a veces, se escribe con la sangre de los que se niegan a ser víctimas.
Galvarino no era un guerrero cualquiera. Vivía en el sur del Biobío, donde la Guerra de Arauco había convertido la tierra en un infierno de fuego y acero. Cuando lo capturaron en la batalla de Lagunillas, el gobernador García Hurtado de Mendoza decidió que su castigo sería ejemplar. Y lo fue, pero no como él esperaba.
Al ver sus manos cortadas, Galvarino no suplicó clemencia: extendió el cuello y pidió que terminaran con su vida. Los españoles, que querían que sufriera, lo dejaron ir.
Galvarino fue un símbolo
Galvarino regresó a su pueblo con los brazos mutilados. No se escondió. Al contrario, levantó los muñones para que todos los vieran y arengó a los guerreros. Su cuerpo mutilado no era una advertencia española, era un llamado a la resistencia. «Así nos tratan», les dijo. «Pero no nos rendimos». La brutalidad que debía sembrar el miedo se convirtió en combustible para la lucha. Unas semanas después, en la batalla de Millarapue, Galvarino volvió a estar en el frente, alentando a los suyos con sus brazos vacíos.
Los mapuches, liderados por Caupolicán, atacaron con furia. Pero la derrota fue inevitable. Galvarino fue capturado de nuevo. Esta vez, no habría indulto. Mendoza ordenó su ejecución. No sabemos si murió con la misma entereza con la que había vivido, pero las crónicas no dejan dudas de que su gesto quedó grabado en la memoria de su pueblo.
Los españoles querían que su castigo fuera un ejemplo. Lo fue, pero al revés. Galvarino no se convirtió en un mártir pasivo; se convirtió en un símbolo de que la opresión, por más brutal que sea, puede ser contestada. Le cortaron las manos para que no pudiera luchar, pero con los muñones levantados, les dijo a los suyos que la lucha no termina con las heridas. Que la libertad no se rinde.







