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Por Eduardo González Rodríguez ()

Santa Clara.- Una de las cosas que logran vencerme casi a diario son los comentarios que escucho en la calle -incluso, de personas muy queridas- pidiéndoles milagros a la UNE. «¡Dios mío, si pusieran la corriente tres horas por la noche y dos por el día!».

Yo no digo nada, pero me es inevitable comparar a esas personas con los esclavos que dejaron de soñar la libertad y le ruegan al amo: «Por favor, mi amo, ¿podría dividirnos los 14 latigazos cotidianos en dos sesiones? Si nos dieran 7 en la mañana y 7 en la noche, estaríamos conformes».

Me vence la candidez del que ignora lo que ocurre. Cuando el amo confirma que vas a soportar los latigazos, ya no serán 14, serán 20. Y a la hora que él decida. Él tiene el dinero, el poder, los mayorales y los perros. Tú solo tienes un lomo para aguantar el golpe y ninguna garantía. Él justifica el latigazo con un galimatias demagógico (dice que socialista) que no se cree ni él mismo y -cuando nadie lo ve- tiene un whisky en la mano, una manzana en la mesa y un Ranault Logan en la puerta de su chalet exprés.

Repito, él tiene el dinero, el poder, los mayorales y los perros.Y tú, siento mucho mi insistencia, solo tienes un tambor por espalda y ninguna garantía. O… tal vez una, el palenque. Pero el palenque no es para todos y el miedo a los ladridos de los perros paraliza. Lo sé.

Y por último, me vence todos los días los que justifican el disparo de su matador, los que se creen el cuento de que la miseria es una virtud que avanza hacia el horizonte -¡otro pasito para atrás, por favor!»- y que para defender una idea (mala idea y peor práctica) es imprescindible el linchamiento de la dignidad, la libertad y el honor de todos los que piensan diferente.

Y cuando digo me vencen, estoy diciendo que me aburren, no que me canso. La gente libre no se cansa, ni por los «tantos palos que me dió la vida».

P/D: No conozco a nadie que deje de dar latigazos cuando la víctima lo pide. El que pide sus derechos con miedo y «por favor», no existe para nadie. O por lo menos, nadie lo respeta.

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