La foto que retrató la normalidad del horror

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Hay imágenes que no necesitan sangre para helar la sangre. En 1938, alguien fotografió a varios soldados japoneses frente a una estación de «consuelo» en Nankín. La escena es casi mundana: hombres uniformados, un edificio cualquiera. Pero lo inquietante no es lo que muestra, sino quién la conservó: los propios archivos del Ejército japonés. Como si aquello fuera parte de la rutina, como si la violación sistemática de miles de mujeres fuera un trámite más.

Porque era un trámite. Documentos oficiales de 1938 registran reuniones entre el Ejército, la Marina y autoridades consulares para decidir cómo debían funcionar esas instalaciones. Había reglamentos, horarios, supervisión militar, policías destinados a vigilarlas. Diarios de unidades japonesas detallaban la apertura de estaciones y los turnos de los soldados. La máquina del horror funcionaba con la misma precisión que una oficina de correos.

Detrás de esa burocracia había mujeres. Coreanas, chinas, de territorios ocupados. Llegaban mediante engaños, presiones o directamente contra su voluntad. No eran «mujeres de consuelo», eran mujeres forzadas, atrapadas en un sistema que las convertía en objetos de una guerra que no habían elegido. Pero la documentación oficial las trataba como parte del inventario, como un recurso más para mantener la moral de las tropas.

El horror como política

En 1993, el gobierno japonés reconoció que las autoridades militares habían participado directa o indirectamente en la creación y administración de esas estaciones. Y admitió que muchas mujeres fueron reclutadas contra su voluntad. No fue una confesión generosa, fue la constatación de lo que los archivos ya decían: que el horror no fue un exceso aislado, sino una política organizada.

La foto de Nankín no muestra el momento del crimen. Muestra algo peor: la normalidad con la que se cometía. Soldados frente a un edificio, como si estuvieran esperando el autobús. Y ahí está la verdadera perturbación: que las grandes atrocidades no siempre dejaron imágenes de violencia explícita. A veces dejaron imágenes de personas comportándose con absoluta normalidad dentro de una estructura que jamás debió convertirse en normal.

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