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Hablar de VPN en Cuba no es hablar de teoría ni de comparativas técnicas. Hablo desde lo vivido. Desde no poder leer ciertas noticias. Desde saber que entrar a determinados sitios dejaba rastro. Desde aprender, a base de tropiezos, que en Cuba conectarse a internet nunca ha sido un gesto neutro.
La llegada de los datos móviles en 2018 cambió muchas cosas. Tuvimos más acceso, sí, pero también más control. Ahí fue cuando la VPN dejó de ser una herramienta “para gente técnica” y pasó a formar parte de la supervivencia digital. Como una linterna guardada para los apagones: no siempre se usa, pero cuando hace falta, se agradece tenerla.
Cuando empezaron los datos móviles, muchos sentimos por primera vez lo que era llevar internet en el bolsillo. Redes sociales, medios digitales, servicios que antes parecían lejanos. Sin embargo, ese acceso vino con condiciones.
En Cuba todo pasa por ETECSA. Sin excepciones. Eso significa que alguien ve, decide y puede cortar. Hay páginas que un día cargan y al siguiente no. Aplicaciones que funcionan durante un tiempo y luego desaparecen. Medios independientes a los que solo se llega tomando precauciones.
En ese escenario, la VPN empezó a dejar de ser opcional.
No hace falta entrar en explicaciones técnicas. En Cuba, una VPN es la herramienta que deja ciega a ETECSA. Así de claro.
Con una VPN activa, el proveedor no puede saber qué lees, a dónde entras ni qué aplicaciones usas. Sabe que estás conectado, pero no ve qué estás haciendo. Y en un país donde informarse o curiosear puede traer consecuencias, esa diferencia pesa.
No es solo para saltar bloqueos. Es para protegerte. Para no dejar un historial digital que mañana pueda volverse en tu contra.
Mientras vivía en Cuba usé muchas VPN. Algunas eran rápidas pero inestables. Otras prometían mucho y no aguantaban una mala señal. Unas pocas, muy pocas, lograban mantenerse firmes incluso en condiciones difíciles.
Con el tiempo terminé haciendo lo mismo que muchos cubanos: tener varias VPN instaladas. Una carpeta de VPN “por si acaso”. Y esa costumbre no se pierde. Hoy, viviendo en España, esa carpeta sigue en mi móvil. Porque la experiencia enseña que en Cuba hay que ser cabeza, tronco, extremidades… y VPN.

El 11 de julio de 2021 dejó una lección clara. En medio de los cortes y el silencio forzado, apareció una frontera invisible: quienes tenían VPN, por momentos, lograron conectarse; quienes no, quedaron completamente incomunicados.
La conexión no era perfecta ni constante, pero alcanzaba para mandar un mensaje, subir una imagen, enterarse de lo que pasaba. Ahí quedó claro que la VPN no era un capricho ni una exageración. Era una herramienta clave.
Por eso insisto: la VPN no se instala cuando empieza el problema. Se instala antes.
No todas las VPN se comportan igual en Cuba. Algunas resisten mejor los bloqueos; otras no duran. Con el tiempo, la experiencia dentro de la isla ha ido señalando qué herramientas funcionan mejor en momentos de presión.
Las más usadas y comentadas entre cubanos son:
Las VPN de pago suelen ser más estables, sobre todo cuando un familiar en el exterior puede asumir el costo. Las opciones gratuitas o mixtas, aunque limitadas, han sido esenciales en momentos críticos. No son perfectas, pero cumplen cuando hace falta.
Aquí no se trata de recomendar marcas, sino de entender algo básico: tener al menos una VPN funcional instalada puede ser la diferencia entre estar conectado o quedar a oscuras.
Consejo de cubano a cubano
Si estás leyendo esto desde la isla, recuerda algo importante: nunca te fíes de una sola aplicación. Ten siempre un Plan B en una carpeta de tu móvil, con opciones que ya estén instaladas y no requieran conexión inicial para configurarse. Cuando el corte llega, no hay tiempo para improvisar.
En Cuba casi nadie descubre una VPN buscando en Google. Se descubren por Telegram.
Telegram se convirtió hace tiempo en una infraestructura paralela. Ahí se comparten claves, aplicaciones y soluciones. Cuando un servidor cae, alguien avisa. Cuando aparece otro, alguien lo pasa.
Existen canales dedicados a compartir:
Canales como t.me/OutlineVpnOfficial y otros similares han sido, y siguen siendo, referencias. Es una dinámica solidaria, rápida y descentralizada. Una especie de resistencia digital que se adapta constantemente.
Si puedes usar una VPN pagada, mejor. Suelen ser más estables y confiables. Si no, una VPN gratuita bien elegida sigue siendo mejor que nada.
Lo importante no es tener “la mejor”, sino tener alguna que ya esté instalada y probada. Probarla con tiempo. Saber que conecta. No esperar a que llegue el apagón digital para descubrir que no funciona.
Usar una VPN en Cuba no es solo para entrar a sitios bloqueados. Es una medida básica de autoprotección. Sin ella, todo queda expuesto. Con ella, al menos reduces el riesgo.
Eso no elimina otros cuidados: desconfiar de enlaces raros, evitar aplicaciones dudosas, mantener el teléfono limpio. La VPN no lo resuelve todo, pero es una capa esencial.
Los cortes de internet no avisan. Nunca lo han hecho. Por eso, prepararse no es exagerar.
Tener una VPN instalada, saber usarla y conocer dónde encontrar alternativas forma parte hoy de la cultura digital cubana. No es ideología. Es sentido común.

Hablar hoy de VPN en Cuba es hablar de conciencia digital. De entender dónde vives, cómo funciona el sistema y qué herramientas tienes para protegerte.
No se trata de hacer nada ilegal ni heroico. Se trata de informarte, leer y comunicarte sin sentir que alguien te observa por encima del hombro. En el contexto cubano, eso ya es bastante.
La VPN no lo soluciona todo, pero sigue siendo una de las herramientas más útiles para quien no quiere renunciar a su derecho a estar conectado.
Y lo digo desde lo vivido: después de haberla necesitado, de haberla probado y de haber visto la diferencia que marca cuando todo se apaga, hoy sigo pensando lo mismo que pensaba entonces—en Cuba, tener una VPN no es exagerar, es simplemente estar preparado.
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[…] estos casos, muchos usuarios recurren a VPN u otras vías para poder utilizarlas. No siempre es un proceso estable y depende de la conexión, […]