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Por: Jorge L. León (Historiador e investigador)
Houston.- Venezuela vive hoy una disputa de poder que ha dejado atrás cualquier vestigio ideológico. Lo que se observa en la cúpula del chavismo no es un debate doctrinal ni una defensa coherente de proyecto alguno, sino una lucha descarnada por el control del Estado, bajo una presión internacional inédita y una descomposición interna acelerada.
Delcy Rodríguez ocupa el centro del escenario. Formalmente ejerce el mando político, pero lo hace bajo una presión extrema del gobierno de Donald Trump, que ha endurecido su discurso y ha dejado claro que el margen de maniobra para el círculo chavista es cada vez más estrecho. No se trata solo de sanciones: se trata de advertencias personales, de responsabilidades penales futuras y de aislamiento progresivo.
Sin embargo, el mayor problema de Delcy no está fuera, sino dentro.
Rodríguez administra el Estado, pero no controla plenamente los resortes reales del poder. Los aparatos de inteligencia, sectores militares clave y las estructuras irregulares de coerción —los colectivos— no responden a una cadena de mando institucional clara. Responden al sistema, a intereses creados y, en buena medida, a figuras específicas del chavismo duro.
Aquí emerge con fuerza el nombre de Diosdado Cabello.
Cabello no necesita exponerse ni lanzar proclamas. Su poder es silencioso, acumulado durante años, tejido en las sombras del control militar, policial y parapolicial. Representa la línea dura, la que no cree en concesiones ni negociaciones y que observa con recelo cualquier signo de repliegue frente a Estados Unidos.
No es descartable que Cabello considere a Delcy una figura transitoria, útil mientras resista la presión externa, pero prescindible si el costo de su permanencia se vuelve demasiado alto.
No existe evidencia seria de que se haya ordenado desmantelar o eliminar a los colectivos. Siguen activos, visibles y operativos. Pero también son hoy un problema político: generan temor interno, repudio internacional y se han convertido en un símbolo del deterioro institucional.
Delcy no puede eliminarlos sin provocar una reacción interna; tampoco puede legitimarlos abiertamente sin pagar un precio externo. Ese equilibrio precario define la parálisis actual.
Desde la más estricta realidad, los posibles desenlaces son limitados:
1. Un estancamiento tenso, donde Delcy resiste, Cabello presiona y el país continúa en deterioro.
2. Un desplazamiento interno gradual, donde Cabello aumenta su influencia sin un quiebre formal.
3. Una fragmentación del poder, con mayor represión y desorden.
4. Una transición negociada, hoy lejana y frágil.
Asi las cosas, Venezuela no enfrenta una disputa ideológica. Enfrenta una pelea de intereses, de supervivencia política y personal.
El discurso revolucionario ha quedado reducido a retórica vacía. Lo que queda es poder, miedo y cálculo.
El país, mientras tanto, sigue ausente de la ecuación.