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Venezuela consigue una hazaña: vence a Japón en el Clásico Mundial

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Por Robert Prat ()

Miami.- Japón, el campeón inmortal, el samurái de once victorias al hilo, miró a Venezuela con la superioridad de quien no recuerda la última derrota. Y Shohei Ohtani, el hombre que batea como un dios y lanza como un demonio, ya había hablado: un jonrón de 427 pies en la primera entrada que fue más que una carrera, fue una declaración de principios. Pero el béisbol, como los sueños, a veces se escribe con sangre rebelde. Venezuela no vino a Miami a hacer turismo; vino a recordarle al mundo que el Caribe también sabe de hazañas.

Ronald Acuña Jr., con la insolencia de los elegidos, respondió al rugido de Ohtani antes de que el eco se apagara. En el primer lanzamiento del partido, prendió una recta de Yoshinobu Yamamoto y la mandó a volar 401 pies, como quien dice «aquí estoy yo». Fue un duelo de titanes desde el vamos, un intercambio de golpes que olía a pólvora y gloria. Pero Japón, con la disciplina de un reloj suizo, contraatacó con cuatro carreras en la tercera. Shota Morishita, un remplazo de emergencia, descifró a Ranger Suárez con un jonrón de tres rayas que parecía sentenciar el partido. El marcador decía 5-2, y la sombra del invicto se alargaba sobre el terreno.

Sin embargo, hay equipos que no entienden de guiones escritos. Venezuela es uno de ellos. En el quinto episodio, con dos outs y la noche encima, Maikel García se paró en el cajón de bateo como un hombre sin pasado. Necesitó ocho lanzamientos para encontrar la recta que buscaba, y cuando la encontró, la besó con la furia de los justos. El jonrón acercó a Venezuela 5-4 y encendió la mecha de una remontada que olía a milagro. Porque en el béisbol, un swing puede cambiar más que un marcador: puede cambiar el alma de un equipo.

El rey ha muerto, Japón se despidió

Y entonces llegó el sexto, el momento en que los niños se convierten en hombres y los hombres en leyendas. Wilyer Abreu, con dos hombres a bordo y la cuenta 2-1, vio venir la recta de Hiromi Itoh. No dudó. No tembló. La mandó a 409 pies hacia el jardín derecho, un batazo que no solo puso el 7-5 en la pizarra, sino que enterró siete años de fracasos. Era el primer jonrón de Abreu en el torneo, pero llegó en el momento justo, porque la grandeza no es cuestión de cantidad, sino de oportunidad. Venezuela rugía, y Japón, por primera vez en años, parecía humano.

Ezequiel Tovar, por si quedaban dudas, puso la lápida en la octava con una carrera más, producto de un doble y un error infantil del relevo japonés. Pero el verdadero epílogo lo escribió Daniel Palencia, un cerrador con alma de poeta trágico. Enfrentó a Ohtani con la cuenta llena y el destino en la balanza, y lo obligó a levantar un globo inofensivo para el último out. El samurái cayó de rodillas, y con él, una racha de once victorias que parecía eterna. Japón dejaba el cetro, y Venezuela, después de 17 años, volvía a las semifinales con el pecho inflado y la mirada puesta en Italia.

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