Enter your email address below and subscribe to our newsletter

Un dentista fue a la guerra para arreglar dientes y terminó salvando cien vidas

Comparte esta noticia

Saipán, Islas Marianas. 7 de julio de 1944.

El capitán Ben Salomon no era combatiente. Era dentista en Los Ángeles, reclutado por el Ejército durante la Segunda Guerra Mundial. Su misión era simple: atender la salud dental de los soldados y devolverlos al servicio. Nada más.

Pero en aquella isla del Pacífico, nada salió como estaba previsto.

El cirujano del hospital de campaña había muerto. Los heridos llegaban sin parar. El calor era insoportable. La sangre cubría el suelo. Y el dentista tuvo que convertirse en cirujano sin entrenamiento formal, operando durante horas para mantener con vida a hombres que se le escapaban de las manos.

Afuera, la batalla se acercaba.

Entonces, el suelo empezó a temblar.

Entre tres mil y cinco mil soldados japoneses, conscientes de que la derrota era inevitable, lanzaron una última carga banzai. Una oleada desesperada de cuerpos, bayonetas y granadas rompió las líneas estadounidenses.

Y avanzaron directamente hacia las tiendas médicas.

Salomon levantó la vista. Sus pacientes no podían huir. Algunos estaban inconscientes. Otros apenas respiraban. Eran completamente indefensos.

Un soldado enemigo irrumpió en la tienda y atacó a un herido en su camilla.

En ese instante, el dentista dejó de ser solo dentista. Tomó un rifle. Disparó. Luego otro enemigo. Y otro más.

Entendió lo que iba a ocurrir. La tienda sería invadida. Los heridos serían eliminados uno por uno. Entonces dio una orden breve, definitiva, sin dramatismo: “Sáquenlos. Yo los detendré.”

Mientras los sanitarios evacuaban a los pacientes, Salomon avanzó hacia el exterior. Encontró una ametralladora calibre .30 abandonada. El artillero yacía sin vida junto a ella. El dentista se colocó detrás del arma.

Un hombre. Una ametralladora. Miles avanzando. Abrió fuego.

Durante minutos que parecieron horas, sostuvo la posición. Disparó sin descanso. Movió el arma cuando era necesario. Protegió el último punto entre los heridos y la muerte. No era un soldado entrenado para eso. Era un médico improvisado que se negó a abandonar a quienes dependían de él.

Gracias a ese tiempo ganado, los heridos fueron puestos a salvo.

Días después, cuando el área fue recuperada, encontraron a Ben Salomon inclinado sobre la ametralladora. Su cuerpo tenía decenas de impactos y heridas de bayoneta. A su alrededor, yacían casi cien soldados enemigos.

Todos los pacientes de aquella tienda sobrevivieron. Sin embargo, la historia no terminó ahí.

Durante décadas, el Ejército le negó la Medalla de Honor. El motivo fue burocrático: como oficial médico, era considerado no combatiente. Y los no combatientes no podían recibir condecoraciones de combate, sin importar lo que hubieran hecho.

Cincuenta y ocho años pasaron. En 2002, finalmente, su familia recibió la Medalla de Honor en su nombre. Tarde. Pero necesaria.

Ben Salomon no fue a la guerra para luchar. Fue a sanar. Y cuando el mundo se derrumbó, hizo lo único que podía hacer: quedarse.

Demostró que el valor no nace del entrenamiento, sino de la decisión. De no apartarse cuando otros no pueden moverse. De entender que, a veces, proteger la vida exige un sacrificio absoluto.

Algunas deudas no se pagan. Solo se recuerdan.

Deja un comentario