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Por Oscar Durán
La Habana.- El turismo en Cuba sigue siendo presentado por la dictadura como la tabla de salvación de una economía en ruinas. En los documentos oficiales, discursos y mesas redondas, aparece como sector estratégico, pilar histórico y fuente imprescindible de divisas frescas. La realidad, sin embargo, es otra bien distinta: menos turistas, hoteles vacíos y números que no cuadran ni con propaganda. Este año, una vez más, el plan quedó por debajo, muy lejos de aquellos cuatro millones de visitantes que en 2018 sirvieron para inflar titulares y vender optimismo revolucionario.
Las cifras oficiales no admiten maquillaje. Hasta octubre, Cuba recibió poco más de dos millones de viajeros, un desplome evidente respecto al año anterior. La ocupación hotelera, con apenas un 24 por ciento en el primer trimestre de 2025, retrata un país lleno de habitaciones vacías y discursos llenos de promesas.
Economistas como Omar Everleny Pérez advierten lo obvio: el turismo no puede vivir en una burbuja mientras el país sufre apagones de hasta 20 horas, crisis sanitaria y una inseguridad alimentaria que espanta hasta al turista más aventurero.
Los principales mercados emisores —Canadá, la comunidad cubana en el exterior, Rusia y Estados Unidos— también muestran retrocesos. Aerolíneas alertan sobre brotes de dengue y chikungunya, una epidemia reconocida a regañadientes por las propias autoridades. A esto se suma la política migratoria estadounidense y las sanciones, que han reducido los viajes de cubanos residentes en EE.UU. y de ciudadanos norteamericanos. El resultado es simple: menos vuelos, menos visitantes y más excusas oficiales.
Rusia, presentada como mercado “estable”, tampoco escapa al desplome. Hasta octubre llegaron menos de 100 mil turistas rusos, una caída superior al 36 por ciento. Desde el ministerio de Turismo se insiste en culpar a las sanciones occidentales y a la reducción del operativo aéreo, mientras se habla de estrategias, ferias internacionales y campañas promocionales. La narrativa oficial vuelve a apostar por Viñales, Topes de Collantes y el eterno Varadero, como si cambiar el folleto pudiera tapar la crisis estructural.
Mientras tanto, los turoperadores rusos advierten que los precios de los vuelos superan, muchas veces, el costo de los hoteles todo incluido. Aun así, se siguen vendiendo metas irreales de medio millón de turistas rusos al año. En La Habana Vieja y en Varadero todavía se ven grupos recorriendo calles y playas, pero ya no son multitud. El turismo cubano, sostenido a base de consignas y PowerPoints, sigue cayendo, aunque desde arriba insistan en venderlo como éxito.
Cuba quiere vivir del turismo, pero el país que ofrece se parece cada día menos a un destino y más a una advertencia.