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Por Robert Prat ()
Miami.- Bajo el resplandor eterno y ficticio de Los Ángeles, donde el mito se paga a plazos y se firma con tinta dorada, los Dodgers, recién coronados señores del béisbol mundial, han vuelto a suscribir su credo más puro: la ambición no conoce tregua, ni la opulencia, límites.
Este jueves por la noche, se consumó un nuevo acto de poder. Kyle Tucker, el bateador zurdo más ansiado del mercado, el hombre que llevaba el peso de su propio futuro como una promesa y una duda, ha sellado su destino con la tinta azul de los bicampeones. Por cuatro años y doscientos cuarenta millones de dólares, el sueño californiano se viste de uniforme, y la maquinaria dodger adquiere otra pieza de altísimo lujo, otra estrella para su constelación ya deslumbrante.
Un promedio anual de sesenta millones: una cifra que, en cualquier otro lugar, sería el clímax; aquí, sólo es el segundo acto, superado por la sombra titánica de su nuevo compañero, Ohtani.
El contrato, sin embargo, lleva inscrita la letra pequeña de la modernidad: cláusulas de escape tras el segundo y tercer año. Son trampillas de oro en el barco insignia, concesiones a la incertidumbre y al propio poder del atleta. Tucker, que cumple veintinueve años este sábado, dejó atrás la oferta corta y cuantiosa de los Mets y la propuesta prolongada de los Blue Jays. Eligió el vértigo de un clubhouse repleto de titulares, la presión serena de ser un eslabón más en una cadena diseñada para ganar.
Para un hombre de temple relajado, como se le describe, quizás el reflector compartido sea el refugio perfecto. Pero la historia reciente de Tucker es un relato escrito entre líneas de informes médicos: una mano derecha fracturada, una pantorrilla distendida. Las lesiones, esos fantasmas que acechan en la curva del swing, empañaron sus últimas dos campañas y truncaron una primera mitad estelar con los Cubs en 2025, donde llegó a ser All-Star por cuarta vez.
Chicago, su equipo hasta ayer, le tendió el puente del qualifying offer, que él rechazó con la elegancia del que sabe que el mercado le sonríe. Su partida les deja, a cambio, una selección compensatoria en el draft, un consuelo burocrático por perder a un talento que, cuando está entero, es uno de los bateadores más completos y temibles del circuito.
Las estadísticas finales del 2025 —22 jonrones, 73 impulsadas— no reflejan el esplendor de su primavera, sino el eco de un golpe seco en un hueso de la mano en junio. Su promedio se desplomó en julio y agosto, mientras su swing, único y efectivo, producía un desconcertante torrente de rodados. La sombra de la duda, pues, viaja con él desde el Midwest: ¿es esto el precio de la recuperación, o la señal de una fragilidad que los millones no pueden sanar?
Sin embargo, los Dodgers no compran sólo el jugador de hoy; adquieren el arquetipo. Tucker es la quietud productiva: un bateador zurdo de poder y contacto, un corredor de bases astuto con más de veinte robos en cada una de las últimas cinco temporadas, un jardinero que, aunque no brilló con el guante en 2025, lleva un Guante de Oro en su pasado y no lastima a nadie en la defensa.
Es un jugador de cinco WAR desde 2021, un cimiento. Las lesiones le impidieron ser más, sí, pero en el laboratorio de rendimiento de Los Ángeles, la apuesta es que ese «más» aún está por explotar. No será la voz estridente del vestuario, pero su habilidad para integrarse, ya demostrada en su paso de Houston a Chicago, es otra virtud en un equipo donde el ego debe sublimarse en busca del anillo.
Así, mientras la noticia oficial se mezcla con los anuncios de contratos menores y las cifras récord del impuesto de lujo que la organización asumirá sin pestañear, el mensaje se escribe con claridad meridiana en el cielo de Chavez Ravine.
Los Dodgers no reconstruyen; acumulan. No esperan; aceleran. Kyle Tucker, con su swing silencioso y su historial médico en la maleta, es la última pieza de un rompecabezas que sólo admite una imagen final: la del título.
El riesgo, como los sesenta millones anuales, es asumido. El béisbol, en esta costa, es una fe en la perfección comprada, y Tucker es ahora uno de sus más caros artículos de fe. El resto, como diría el estilo impersonal de las agencias, es historia por escribir. O, más bien, por batear.