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Tres gigantes y un síntoma: cómo Lincoln, Reagan y Trump revelarían la fragilidad de los falsos progresistas

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Por Jorge L. León (Historiador e Investigador)

Houston.- La historia de Estados Unidos ha sido moldeada por líderes cuyo sentido del deber, la libertad y la seguridad nacional trascendió sus épocas. Abraham Lincoln, Ronald Reagan y Donald Trump representan tres momentos en los que la presidencia exigió firmeza, claridad moral y visión nacional.

Ante esa línea histórica de grandeza, ciertas figuras políticas contemporáneas —como el menor y ruidoso Zohran Mamdani— quedan expuestas como simples síntomas de la decadencia ideológica del progresismo radical: ruido sin ideas, activismo sin obra y fórmulas ya fracasadas. Este trabajo no pretende compararlos —eso sería desproporcionado— sino mostrar cómo el legado de estos tres líderes ilumina la pequeñez de quienes hoy repiten recetas inviables envueltas en discursos supuestamente novedosos.

Lincoln: la grandeza moral, el deber y la unidad nacional

Abraham Lincoln, moldeado por la tragedia de la guerra civil y por un sentido casi sagrado de la responsabilidad, veía la política como una misión consagrada a la unión, la dignidad del ciudadano y el destino histórico de la nación. Desde su prisma: • No existe liderazgo sin sacrificio. • No existe progreso sin trabajo productivo.

• No existe nación fuerte sin una visión moral sólida. Frente a esta perspectiva, cualquier figura que proponga soluciones fáciles a problemas complejos o que divida a la sociedad en bloques identitarios sería considerada por Lincoln un retroceso peligroso. Y es ahí donde entra Mamdani: un activista urbano sin proyecto nacional, un imitador tardío de viejas fantasías igualitarias disfrazadas de “política progresista”. Lincoln no perdería tiempo con él. Concluiría simplemente que carece del carácter indispensable para sostener una nación.

Reagan: libertad, optimismo y la batalla contra los radicalismos

Ronald Reagan enfrentó una economía en ruinas, un país sumido en el pesimismo y un bloque soviético decidido a expandir su influencia. Respondió con liderazgo optimista, defensa férrea de la libertad y rechazo absoluto a los radicalismos que sacrificaban la prosperidad en nombre de teorías aparentes. Los pilares reaganistas pueden resumirse así:

La libertad individual como motor del crecimiento.

El rechazo al intervencionismo asfixiante.

Un liderazgo alegre, no resentido.

El pragmatismo frente a la charlatanería ideológica.

Mamdani representaría para Reagan exactamente aquello que siempre denunció: un progresismo moralmente engreído que no produce resultados; un radicalismo que promete mundos ideales mientras destruye las bases económicas que los harían posibles.

Con el humor elegante que lo caracterizaba, Reagan lo despacharía con una ironía devastadora: “No es que no entienda la economía… es que lo que entiende está mal.”

Donald Trump: seguridad nacional, soberanía y prosperidad real

Lejos de ser una figura accidental, Donald Trump retomó con fuerza un eje histórico presente tanto en Lincoln como en Reagan: la defensa de la nación como deber central del liderazgo.

Su visión se articuló en tres frentes:

Seguridad nacional como responsabilidad innegociable.

Soberanía económica y rechazo a modelos globalistas fracasados.

Crecimiento basado en trabajo real, industria y competencia.

Trump heredó de Lincoln la idea de una nación fuerte y respetada, y de Reagan la convicción de que la libertad económica es motor de grandeza.

Por eso vería en Mamdani —como verían los otros dos presidentes— una figura ya conocida: otro activista que confunde compasión con colectivismo, regulación con justicia y retórica moralista con soluciones reales.

Trump no se detendría en su figura: lo colocaría en el mismo cajón de errores progresistas que debilitan al país en nombre de sueños imposibles.

Tres líderes, un legado… y un síntoma menor

Colocar a Lincoln, Reagan y Trump juntos no es un ejercicio forzado: los tres representan, cada uno en su tiempo, una continuidad basada en nación, libertad, fuerza y responsabilidad. En contraste, Mamdani no es un adversario serio ni un desafío ideológico: es un exponente menor de la pequeñez intelectual que prolifera en ciertos espacios radicalizados.

Un eco tardío de caminos ya fracasados:

El colectivismo disfrazado de justicia.

El intervencionismo presentado como solidaridad.

El resentimiento vendido como crítica social.

No es peligroso por profundidad, sino por superficialidad.

Asi las cosas, Lincoln, Reagan y Trump encarnan una tradición de liderazgo que exige carácter, visión histórica, valentía y compromiso con el futuro de la nación. Desde esa altura, los imitadores del presente quedan expuestos como lo que son: voceros ideológicos sin obra, sin sentido nacional y sin legado. Mamdani no pasa de ser un ejemplo menor en esta discusión.

Es un síntoma, no un protagonista. Una nota al margen en un momento de confusión ideológica. Al final, los tres líderes llegarían a un mismo veredicto —cada uno en su estilo—: Ese comunista No es un político. Es un error.

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