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Por Yeison Derulo
La Habana.- Miles, quizás millones de cubanos, se fueron a la cama tarde —o no se acostaron— esperando una supuesta conferencia de prensa internacional desde La Habana que, según los rumores, traería como plato fuerte el anuncio del fin de la dictadura.
La noticia corrió como pólvora mojada: de WhatsApp en WhatsApp, de grupo en grupo, de muro en muro. En una isla donde casi nunca pasa nada bueno, cualquier susurro de libertad suena a trompeta celestial. Y allá fue medio país, ahorrando megas como quien guarda arroz para fin de mes, apostándolo todo a un momento histórico que jamás llegó.
La escena fue tan cruel como repetida. Gente sin dormir, refrescando una transmisión que nunca empezó; otros pendientes a un perfil que prometía primicias; madres diciéndoles a sus hijos “espera un poco más, que parece que ahora sí”. En Cuba, la esperanza no se administra en litros, se administra en migajas. Y cuando alguien lanza la palabra “fin” junto a “dictadura”, el corazón se dispara más rápido que el dólar en el mercado informal. Nos aferramos a cualquier cosa porque la realidad es demasiado pesada para cargarla sin ilusiones.
Nada ocurrió, por supuesto. Ni conferencia, ni anuncio, ni transición, ni nada que se le parezca. Solo el silencio posterior y la resaca emocional. Y entonces entendimos que, sin quererlo, todos fuimos Ignacio Giménez: el español que ha logrado coger pa´eso a media Cuba con publicaciones infladas, titulares rimbombantes y promesas que se evaporan al primer soplido de realidad.
No hizo falta que nos pusieran una pistola en la sien; bastó con colocarnos delante el caramelo de la libertad para que mordiéramos sin preguntar demasiado.
Lo más doloroso no es la mentira en sí, sino lo que revela. Un país desesperado es terreno fértil para cualquier vendedor de humo. Cuando el apagón es diario, cuando la comida no alcanza y cuando el futuro se mide en trámites de emigración, cualquier anuncio de cambio se convierte en tabla de salvación. No importa si viene de un político serio o de un perfil con bandera ajena; el hambre de libertad nubla el olfato crítico. Y ahí es donde personajes como Giménez encuentran su nicho.
La lección, si es que queremos sacar alguna, es dura. No podemos permitir que jueguen con la esperanza de un pueblo que ya ha sido suficientemente golpeado. La dictadura no se va a caer por un post viral ni por una transmisión en vivo.
Ojalá el día llegue —y que nos coja despiertos por la alegría, no por el engaño—, pero mientras tanto debemos aprender a distinguir entre información y espejismo. Bastante pesada es la noche cubana como para que, encima, nos vendan amaneceres falsos.