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Por Oscar Durán
La Habana.- Donald Trump acaba de declarar el estado de emergencia contra Cuba y el pánico ya es visible. No hace falta lupa: basta con abrir las redes sociales para ver a los comunistas descompuestos, escribiendo sandeces, improvisando justificaciones y repitiendo consignas que ya no convencen ni a los suyos. Están cagados, así, sin eufemismos. Porque cuando Washington aprieta de verdad, en La Habana tiemblan hasta los cuadros colgados en las oficinas del Partido.
La fauna oficialista anda desaforada. Gerardo Hernández Nordelo, alias el Alce, uno de los rostros más gastados de la propaganda castrista, ha vuelto a sacar el teclado, aunque esta vez con menos fanfarria. Ya no habla del famoso “tic tac”, porque sabe —y lo sabe bien— que el tiempo no juega a su favor. Ahora se limita a lanzar preguntas histéricas, propias de alguien que siente el agua al cuello y no encuentra de dónde agarrarse.
“¿Dónde meterán sus lenguas ahora los cipayos…?”, escribe Hernández, como si el insulto sustituyera la realidad. La emergencia declarada por Trump desmonta, pieza por pieza, el teatro de los últimos años, ese donde el régimen intentó vender que el bloqueo no existía o que era un cuento conveniente. Cuando el golpe llega con nombre, firma y consecuencias concretas, ya no hay relato que aguante.
En su desespero, el alce propagandístico también dispara contra el exilio. Ataca a María Elvira, tergiversa discursos y pretende colocar la culpa en cualquiera que no lleve una estrella roja en la frente. La receta es vieja: dividir, señalar y manipular el dolor ajeno, incluso el de los abuelos que sobreviven en Cuba gracias, precisamente, a la ayuda que llega desde fuera y no a las bondades del socialismo tropical.
Lo que estamos viendo no es valentía revolucionaria ni resistencia heroica. Es miedo. Miedo puro y duro. Porque cuando el poder real se mueve y les corta el oxígeno, los revolucionarios de consigna se quedan sin libreto. Y entonces escriben estupideces, patalean en Facebook y dan asco.
El reloj sigue corriendo, aunque ya no se atrevan a decirlo en voz alta.