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The Rip: la película que marca el sepelio del cine como séptimo arte

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Por Carlos Carballido ()

Dallas.- No pago Netflix, pero me las arreglé para ver The Rip, el nuevo thriller de Joe Carnahan que acaba de estrenarse en esa plataforma. Aunque no es una mala película, la veo con tristeza y confirmación de que el cine como séptimo arte está muriendo.

No estamos ante un fracaso creativo, sino ante algo más inquietante: una obra medianamente correcta que revela que el cine ha comenzado a abdicar de su propia naturaleza. No es un accidente. Es un síntoma.

En una conversación reciente, Matt Damon —coprotagonista junto a Ben Affleck— fue inusualmente honesto: los guiones actuales ya no se escriben para un espectador atento, sino para uno que mira películas mientras navega en redes sociales.

Eso explica un patrón cada vez más visible en las nuevas producciones: el giro dramático aparece en los primeros minutos, la trama no avanza por acumulación de consecuencias sino por repetición constante, y los personajes verbalizan una y otra vez lo que el espectador debería haber entendido.

No es un problema de ritmo. Es una renuncia explícita a la atención, porque se asume —y de hecho es así— que la adicción a las redes hace que una película se vea con TikTok abierto y en scroll constante.

Un cine demasiado explicativo

En esta nueva normalidad, el cine deja de confiar en la mirada y empieza a administrar recordatorios narrativos, como si el público fuera incapaz de sostener una idea sin asistencia permanente. El contraste con el cine clásico es brutal.

La cinematografía de Ford, Lumet, Hitchcock o Friedkin partía de una premisa opuesta:

El espectador debía adaptarse a la película, no al revés. El conflicto se construía con paciencia. Y el giro dramático no se anunciaba: se revelaba. Además de que el silencio y la ambigüedad eran recursos centrales.

Ese cine castigaba la distracción. Exigía presencia. Y por eso dejaba huella con el paso de los años. Todos los que ahora me leen pueden recordar escenas memorables de Chaplin o Akira Kurosawa, pero intenta recordar alguna de esta nueva ola cinematográfica y verás que no puedes.

The Rip, en cambio, se comporta como un producto inseguro: explica lo que debería sugerir, repite lo que debería profundizar y acelera lo que debería madurar. No dialoga con la inteligencia del espectador, sino que le teme y se adapta al lenguaje intercalado con la red social que este está viendo.

Aquí aparece el segundo factor, más incómodo pero imposible de ignorar: el wokismo como marco narrativo, ni tanto en este film pero como condiciones de las casas productoras.

Por separado ya es problemático, pero combinado con guiones diseñados para la distracción, el efecto es devastador. El guion para redes subestima la atención; el wokismo subestima la inteligencia moral.

El resultado es un cine que explica en exceso, evita el conflicto real, entrega dilemas morales prerresueltos y señala al espectador qué debe pensar.

La sumisión cultural

Esta tendencia confirma un tipo de cine que deja de preguntar y pasa a afirmar; deja de incomodar y se vuelve seguro, correcto, administrado.

El séptimo arte se define por el lenguaje visual. Cuando se subordina al diálogo explicativo y al mensaje moral seguro, el cine se desnaturaliza.

En The Rip vemos una acentuación constante de la imagen y el argumento para que el espectador distraído reconecte, pero para quienes prefieren el buen cine, esto resulta patéticamente absurdo y revela un marcado empobrecimiento expresivo.

También hay una consecuencia económica inevitable: este tipo de películas no justifica la experiencia en sala, porque no exige atención plena ni genera urgencia. El espectador hace el cálculo lógico: “Esto lo veo cuando Netflix lo suba… o no lo veo”.

De hecho, el argumento transcurre en Miami y las locaciones son de Los Ángeles, lo que en otro tiempo habría sido suficiente para desatar críticas. Pero hoy los sitios de calificación lo puntúan bastante alto.

The Rip no marca el fin del cine por incompetencia artística, sino por sumisión cultural: sumisión al espectador distraído, al algoritmo y a una narrativa ideológicamente segura.

Como advirtió Matt Damon, cuando el guion se escribe para quien no presta atención, el cine empieza a morir desde adentro.

No creo que el cine desaparezca como industria, pero sí como acto artístico central: como experiencia que exige, incomoda y deja cicatriz.

Ese es el verdadero sepelio: no un colapso ruidoso, sino una degradación aceptada, celebrada como progreso y finalmente normalizada

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