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Por Redacción Nacional
La Habana.- El cruce entre el The New York Times y Marco Rubio no es un simple intercambio de declaraciones. Es, en esencia, una batalla por el control del relato en torno a Cuba. El influyente diario estadounidense salió a defender con firmeza un reportaje que apunta directamente a las negociaciones entre Washington y La Habana, luego de que el secretario de Estado lo tildara de “noticia falsa”. Y cuando un medio de ese calibre se planta así, es porque sabe que lo que está en juego va más allá de un trabajo periodístico.
Desde la redacción del Times no titubearon. Su portavoz, Charlie Stadtlander, dejó claro que la información publicada se sostiene sobre conversaciones con fuentes directamente involucradas en los contactos entre ambos gobiernos. No una, ni dos: cuatro fuentes.
Además, subrayó que el propio Departamento de Estado fue consultado antes de la publicación y no presentó objeciones en ese momento. Traducido al lenguaje más directo: si había algo falso, tuvieron la oportunidad de decirlo antes. No lo hicieron.
El contenido del reportaje es lo que realmente ha encendido la polémica. Según esa investigación, la administración de Donald Trump habría dejado claro a Cuba que no habrá avances significativos mientras Miguel Díaz-Canel siga al frente del país.
No se trata, según esa versión, de tumbar todo el sistema, sino de mover piezas dentro del tablero: sacar a la cara visible, pero mantener intacta la estructura real de poder. Una jugada quirúrgica, no una demolición total.
En esa misma línea, el texto apunta a una estrategia más amplia de Washington: presionar por reformas económicas, exigir la liberación de presos políticos y abrir la puerta a empresas estadounidenses, pero sin tocar directamente a la familia Castro, considerada el núcleo duro del poder. Todo esto en medio de contactos que el propio Donald Trump ha reconocido públicamente, al afirmar que su administración mantiene conversaciones con Cuba en busca de un acuerdo . Es decir, diálogo hay. Lo que está en discusión es qué se negocia realmente.
La respuesta de Rubio, sin embargo, fue frontal. Acusó a los medios de basarse en “charlatanes y mentirosos” y negó la veracidad del reportaje. Pero más allá del choque, el debate ha abierto una grieta más profunda: ¿basta con un cambio en la figura de Díaz-Canel?
Muchos analistas y sectores del exilio dicen que no, que el poder real sigue concentrado en una élite político-militar donde la influencia de Raúl Castro continúa siendo determinante.
Ahí está el punto clave: cambiar la cara no siempre significa cambiar el sistema.