Por Albert Fonse ()
Vancouver.- Cuando algunos rechazan la anexión apelando a la “soberanía”, conviene poner el concepto en su lugar correcto. La soberanía no es un símbolo vacío ni una consigna repetida por un Estado; es la capacidad real de decidir. Es poder elegir, moverse, expresarse, emprender y vivir sin miedo. Cuando esas libertades no existen, hablar de soberanía nacional es una ficción.
Un cubano, fuera de Cuba, es soberano. Puede estar en cualquier parte del mundo y ejercer derechos básicos que en la isla están prohibidos. Puede opinar, votar, trabajar libremente, construir su vida sin pedir permiso. Especialmente en los Estados Unidos, donde vive la mayor comunidad de cubanos en el exterior, esa soberanía personal se expresa con más fuerza. Allí un cubano decide su destino todos los días. Eso es soberanía real.
En Cuba ocurre lo contrario. El régimen se declara soberano, pero el individuo está sometido. No elige, no decide, no controla su vida. Esa contradicción deja claro que la soberanía estatal sin soberanía personal no vale nada.
La soberanía empieza en la persona. Es individual antes que colectiva. Cuando el individuo tiene derechos y libertades, el país es soberano. Cuando no, el concepto se convierte en propaganda.
La anexión es la vía más segura para que el cubano alcance verdadera soberanía, porque cuanto más libertades y derechos tiene una persona, más soberana es, y esa es la única soberanía que importa; todo lo demás es discurso.
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