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Simeone, Vinicius y la doble vara de medir: el fútbol como espejo de nuestra hipocresía

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Por Yoyo Malagón ()

Madrid.- Dicen que el fútbol no es vida o muerte, sino algo más importante. Mentira. El fútbol es exactamente lo mismo que la vida: un escenario donde los mismos hechos se juzgan de forma distinta según el color de la camiseta, el nombre del protagonista o los intereses del que narra la historia.

Anoche, Diego Simeone fue expulsado en Anfield por encararse a unos aficionados que, según él, lo insultaron durante 90 minutos. Unos días antes, Vinicius Junior volvía a ser señalado como «problemático» por celebrar un gol con baile incluido en otro campo. Y por mandar a ‘segunda’ a la afición del Oviedo. La misma que la había tomado con él desde que salió a calentar.

Dos reacciones, dos varas de medir. A Simeone se le comprende —»es pasión», dicen—; a Vinicius se le criminaliza —»es provocador», sentencian—. Así funciona el mecanismo de la doble moral: el mismo gesto es heroicidad o mala educación dependiendo de quién lo ejecute.

Detrás de esta narrativa selectiva no hay solo una cuestión de racismo o de nacionalismo mal entendido. Hay algo más turbio: intereses económicos y mediáticos que condicionan cómo se cuenta lo que ocurre en el césped. Miguel Ángel Gil Marín, CEO del Atlético de Madrid y hombre fuerte del club durante décadas, no es un simple directivo. Es un poder fáctico que entiende el fútbol como una extensión de sus negocios —desde la cría de caballos hasta la gestión de un equipo— y que sabe cómo mover hilos en los medios para proteger a los suyos y presionar a sus rivales.

No es casualidad que algunas crónicas sobre Simeone parezcan escritas por el departamento de comunicación del club, mientras que las mismas plumas se llenan de reproches cuando el protagonista es un jugador brasileño del Real Madrid.

A uno se le perdona todo, al otro se le condena por todo

La prensa deportiva española ha normalizado la esquizofrenia narrativa. A Simeone se le perdona todo porque «es así», porque «lleva la garra argentina en la sangre», porque su histrionismo en la banda es «autenticidad». A Vinicius, en cambio, se le exige una contención que raya lo inhumano: que no baile, que no proteste, que no mire a la grada… que no exista, en definitiva, como sujeto con derecho a reaccionar. Lo que en un técnico es «carácter», en un jugador joven y negro es «mala actitud». Lo que en un argentino es «pasión», en un brasileño es «chulería».

El caso de Anfield es especialmente revelador. Simeone alega que los insultos constantes justifican su reacción. ¿Acaso no es eso mismo lo que Vinicius ha denunciado durante años en estadios como Montjuic, Mestalla, incluso el Metropolitano? La diferencia es que al técnico se le cree —o se le da el beneficio de la duda—, mientras que al jugador se le acusa de exagerar o de buscarse los problemas. Simeone puede decir «soy humano» y desatar olas de comprensión; Vinicius dice «soy humano» y le responden con eslóganes vacíos sobre «deportividad» .

Miguel Ángel Gil Marín entiende este juego perfectamente. Enrique Cerezo también. Saben que los medios dependen de accesos, primicias y publicidad, y que una relación estratégica con ciertos grupos de comunicación puede inclinar la balanza narrativa. No es conspiración; es negocio. Mientras, el racismo se disfraza de «debate deportivo» y la hipocresía de «ética periodística». Así llevamos años: normalizando la violencia verbal contra unos y condenando la respuesta de otros.

Al final, el fútbol no es más que un reflejo deformado de nuestra sociedad: incapaz de juzgar con equidad, prisionera de intereses creados y adicta a la doble moral. Simeone y Vinicius son solo dos caras de la misma moneda: la que compra silencios, vende relatos y nos recuerda que, en este país, hasta la indignación tiene dueño.

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