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Tomado de las redes

La Habana.- Duele cuando pasan 20 horas sin corriente y las cuatro que sí tienes apenas alcanzan para cocinar, lavar, planchar. Duele ver cómo se echa a perder en el refrigerador la comida que costó tan cara. La que compraste quitándote otras cosas, haciendo magia con un salario que no alcanza. Duele ver que no tienes tiempo para criar, porque tienes que salir a buscar el sustento, y terminas dejando a tus hijos con los abuelos para poder tener dos, tres y hasta cuatro trabajos.

Duele el miedo constante a que se enfermen, a que necesiten algún medicamento que no hay. Porque no hay. En la farmacia no hay ni una tirita. No hay antibióticos, no hay termómetro, no hay nada. Entonces, los peores pensamientos ocupan tu mente: ¿Y si se complica? ¿Y si en el hospital tampoco está el medicamento? Y así vamos las madres, con el credo en la boca todo el tiempo.

Duele mirar alrededor y ver cómo todo se derrumba y no hablo solo de la arquitectura. Escuelas sin maestros, precios que suben mientras el dinero desaparece, casas apuntaladas que se caen a pedazos y tú sin un peso para arreglarlas. Cortes de agua, apagones eternos, incertidumbre. Y aun así, hay que criar. Hay que enseñarles a tus hijos que el mundo puede ser distinto, aunque la realidad te lo niegue todos los días con una sonora bofetada.

Hay que ser optimistas y aguantar lo que venga y lo que no. Porque si te quejas, si alzas la voz, puede volverse en tu contra. Porque en Cuba hasta el reclamo más básico se vuelve político. Hasta pedir luz o agua puede convertirse en “un problema”. Y aun así, somos nosotras, las mujeres, las madres, las que salimos a cerrar calles con cubos en la mano y niños en brazos.

En Cuba se sufre la maternidad. Se padece como una enfermedad sin cura o tratamiento. Y eso duele demasiado. Duele, que algo tan sagrado como ser madre, dar vida, criar con amor, se convierta en un sacrificio constante.

Pero aquí estamos. Aun con el alma hecha trizas, seguimos. Porque nuestros hijos no tienen la culpa de nada.

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