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Seis años de prisión a José Gabriel Barrenechea por pedir electricidad

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Por Oscar Durán

Santa Clara.- José Gabriel Barrenechea Chávez no salió a tumbar un gobierno ni a incendiar una patrulla. Salió una noche de apagón en Villa Clara a exigir algo tan elemental como electricidad. Luz. Eso que en cualquier país decente se asume como un servicio básico y no como una dádiva revolucionaria. El resultado fue seis años de prisión. Seis. Como si pedir corriente fuera un crimen de lesa patria. Como si el verdadero delito no fuera tener a un país entero viviendo a oscuras, sino atreverse a decirlo en voz alta.

El régimen cubano volvió a hacer lo que mejor sabe hacer: escarmentar. Agarrar a un ciudadano común, sin apellido ilustre ni padrinos políticos, y triturarlo con todo el peso de su maquinaria represiva. A José Gabriel no lo condenaron por peligro social, lo condenaron por insolente. Por no aceptar la normalización del apagón, del abuso, de la miseria. En Cuba no se castiga el delito, se castiga la desobediencia. Y eso lo sabemos todos.

Mientras José Gabriel se podría en una celda, su madre hacía lo único que podía hacer una madre cubana: exigir justicia. Tocar puertas que no se abren, gritar en un país sordo, enfrentarse a un Estado que no dialoga, solo aplasta. Y murió. Murió sin ver a su hijo libre. Murió y el régimen, en otro gesto de crueldad innecesaria —pero muy propia—, no permitió que José Gabriel se despidiera. Ni un abrazo. Ni un último adiós. Nada. Porque en Cuba el castigo no se limita al preso: se extiende a la familia, al dolor, al duelo.

Después se preguntan por qué uno habla de violaciones en primera persona. Esto no es una estadística ni un informe de ONG. Esto es carne, es madre muerta, es hijo preso, es una vida rota por exigir luz. El régimen cubano viola derechos con nombre y apellidos, con fechas y sentencias. Viola a José Gabriel. Viola a su madre. Viola a todo un pueblo que vive bajo la lógica perversa de que callar es sobrevivir.

Seis años por pedir electricidad. Una madre muerta sin despedida. Y un Estado que sigue hablando de resistencia creativa mientras crea más presos y más tumbas. No hay épica posible aquí. Solo abuso, sadismo institucional y una dictadura que le teme más a un ciudadano indignado que a su propio fracaso. La historia de José Gabriel Barrenechea Chávez no es una excepción: es el retrato fiel de un país secuestrado. Y de un régimen que, cada día, se hunde un poco más en su propia miseria moral.

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