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¿Se inmolará Raúl Castro o escapará? Psicología del poder y final de una dinastía

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Po Jorge L. León (Historiador e investigador)

Houston.- No soy adivino, ni pretendo serlo. Tampoco conozco —ni puedo conocer— lo que realmente se haya conversado en México u otros escenarios discretos donde se cruzan intereses, temores y pactos. Se rumorea que Alejandro Castro habría estado gestionando garantías de impunidad para su padre y para un séquito de jerarcas del poder. Eso es lo que circula.

Pero debo decirlo con rigor: No existen evidencias verificables, y sin evidencias no puede construirse un criterio sólido. Por ese motivo, me veo obligado a entrar en el terreno de la especulación.

Pero no en una especulación caprichosa o emocional, sino en una especulación históricamente fundamentada, basada en patrones que se repiten cuando los regímenes envejecen, pierden oxígeno externo y se enfrentan a una crisis terminal.

Desde ese ángulo, me atrevo a sostener una tesis clara: si no muere antes, Raúl Castro huirá. No lo afirmo por odio, sino por análisis.

La inmolación no es propia de este tipo de poder. El sacrificio pertenece a la épica; la huida pertenece a la psicología real del tirano. Quien ha vivido décadas blindado por privilegios, propaganda, control policial y culto personal, rara vez elige “morir por el pueblo”. El poder absoluto no produce héroes: produce cinismo, paranoia y miedo. Y cuando el miedo llega, el discurso se vuelve máscara.

La historia ofrece abundantes precedentes. Cuando un sistema autoritario entra en fase de derrumbe, sus figuras centrales no suelen entregarse a la justicia ni asumir responsabilidad: negocian, se esconden, buscan refugio, pactan impunidad o escapan. Y cuando no lo hacen, no es por valentía: es porque ya no pueden. La fuga ocurre cuando todavía existe una ventana: un avión, una ruta segura, un país aliado, una cobertura diplomática, o un acuerdo silencioso.

El miedo y el instinto de conservación

A esto se suma un dato decisivo: el dinero. Quien ha acumulado riqueza y la ha colocado fuera del país lo ha hecho por una razón elemental: porque siempre supo que este día podía llegar. Si no pensaban huir, ¿para qué adquirieron propiedades fuera? Si creían en su propio sistema, ¿por qué blindaron su futuro lejos del sistema? El doble lenguaje del poder se revela en su conducta: predican sacrificio, pero viven para salvarse.

El momento, además, se acerca. Estados Unidos ha cerrado el grifo, y sin oxígeno externo la crisis deja de ser difícil para volverse ingobernable. Cuba atraviesa una fase de descomposición social: apagones, inflación, hambre, desesperación, emigración masiva y pérdida total de credibilidad. Y lo más importante: el pueblo está al borde de una gran explosión. Ellos lo sienten. Lo saben. La historia enseña que cuando un pueblo ya no tiene nada que perder, el miedo cambia de bando.

Por eso, si llega el instante decisivo, no saldrán a plena luz. Saldrán tarde, en la noche, cubriendo su cobardía con silencio. Buscarán amnistía, garantías, rutas seguras. Y es probable que Díaz-Canel —administrador visible, pero no dueño real del poder— quede al margen de esa salida.

Por todo ello sostengo mi criterio: Raúl Castro no se inmolará. Si puede, huirá. No por patriotismo, ni por responsabilidad histórica, sino por lo que guía a los tiranos en su final: miedo, dinero e instinto de conservación.

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