
La historia que el ADN cambió
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Durante años, todo el mundo creyó la misma historia. Una madre protegiendo a su hijo bajo los escombros. La imagen perfecta. El amor maternal congelado en el tiempo. Hasta que llegó el ADN y le puso un asterisco.
Los restos aparecieron en Lajia, un poblado de la cultura Qijia, en la actual provincia china de Qinghai, cerca del río Amarillo. Ella tenía entre 30 y 35 años. El niño, tres o cuatro. Un terremoto, lluvias fuertes, corrientes de barro. Las casas se vinieron abajo y se los tragó.
En una de esas casas —la F3, según los arqueólogos— encontraron la escena. Una mujer arrodillada contra la pared. Los brazos alrededor del pequeño. Los dos juntos, como si ella hubiera querido cubrirlo con el cuerpo.
Madre o no, lo abrazó
En 2007, investigadores de la Universidad de Jilin analizaron el ADN mitocondrial de ambos. Es el material genético que se hereda de la madre. Y salió lo inesperado: pertenecían a linajes maternos diferentes. La mujer no era la madre biológica del niño.
Ahí se cayó la historia bonita. ¿Quién era ella entonces? No se sabe. Podía ser pariente por parte del padre. Podía ser una vecina. Podían ser dos desconocidos que la catástrofe juntó en la misma casa. Las pruebas no alcanzan para saberlo.
Cuatro mil años después, siguen abrazados. El parentesco no está claro. La intención tampoco. Pero la posición de los huesos cuenta lo que el ADN no puede: que en los últimos instantes, ella lo abrazó. Madre o no, lo abrazó.



















