
La democracia: el camino para conquistar el poder y no soltarlo
Por Luis Alberto Ramírez ()
Miami.- En el Foro de São Paulo se planteó que la mejor manera de llegar al poder no era mediante las armas, sino utilizando los mecanismos democráticos para conseguirlo. El efecto fue inmediato: muchos movimientos de izquierda que hasta entonces intentaban alcanzar el poder en Latinoamérica por la vía armada comprendieron que, utilizando los mecanismos democráticos, podían llegar al gobierno y, posteriormente, cambiar las reglas del juego para perpetuarse en el poder.
La estrategia resultó exitosa. Muchos líderes de izquierda aceptaron el reto y consiguieron llegar al poder democráticamente. En Venezuela, un golpista llegó al poder por la vía electoral, modificó las reglas del juego, cambió incluso la Constitución y terminó enquistándose en el gobierno. Lo mismo ocurrió, con diferentes matices, en Ecuador, Bolivia, Nicaragua, Brasil, Argentina y otros países que, en distintos momentos, se incorporaron a esa corriente política que para muchos parecía imposible.
Los venezolanos no supieron escuchar las advertencias y terminaron padeciendo una dictadura de izquierda durante 27 años, una situación que todavía está por resolverse.
Así, poco a poco, determinados gobiernos de izquierda fueron acumulando poder hasta conseguir establecerse utilizando los propios mecanismos de la democracia. No tengo que explicar demasiado cómo lo hicieron; todos conocemos esos procedimientos.
Pero ¿es esa una mala estrategia? No, desde la perspectiva de quienes pretenden conquistar y conservar el poder, evidentemente no. Es una estrategia política que aprovecha las libertades y los mecanismos democráticos para transformar las propias instituciones que hicieron posible su llegada al gobierno.
Y aquí surge otra preocupación que merece un análisis serio: el avance de los movimientos islamistas políticos en las sociedades occidentales.
La participación de ciudadanos musulmanes en la democracia occidental es un derecho que nadie debería cuestionar. Sin embargo, otra cosa muy distinta es la utilización de las libertades democráticas para promover proyectos políticos fundamentalistas que pretenden sustituir los principios de las sociedades democráticas por sistemas incompatibles con las libertades individuales, la igualdad ante la ley y la separación entre religión y Estado.
La historia nos ha demostrado que las democracias también pueden ser utilizadas por quienes no necesariamente creen en sus principios. Y ese es precisamente el peligro que debemos aprender a reconocer.
Se habla de más de treinta y cinco candidatos vinculados al islamismo que aspiran a ocupar escaños en el Congreso de Estados Unidos. Más allá de las cifras y de las afiliaciones individuales, lo verdaderamente importante es examinar sus propuestas, sus posiciones políticas y su compromiso con los principios constitucionales estadounidenses.
¿Debemos ignorar estos fenómenos? ¿Debemos esperar a que las consecuencias sean irreversibles para comenzar a preocuparnos?
La democracia no puede convertirse en el instrumento que utilicen sus propios adversarios para destruirla desde dentro. Defenderla significa también defender los principios que la sustentan.
Porque, cuando la indiferencia sustituye a la vigilancia ciudadana y la ignorancia impide comprender lo que está sucediendo, las consecuencias terminan pagándolas todos.
Hay un refrán que reza así: “nadie sabe lo que tiene, hasta que lo pierde”.



















