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En el profundo sur de los Estados Unidos, durante los años treinta, la guitarra de un hombre cambió para siempre el destino del blues. Robert Leroy Johnson, nacido en 1911 en Mississippi, fue un artista que grabó apenas veintinueve canciones, pero dejó una huella que se expandió más allá del tiempo y de su corta vida.
Su estilo virtuoso, su voz desgarrada y su capacidad para capturar la angustia del alma humana lo convirtieron en una leyenda. Sin embargo, su muerte, ocurrida el 16 de agosto de 1938, sigue siendo una de las más enigmáticas de la historia de la música.
No hubo autopsia. No hubo explicación oficial. Solo el registro de un cuerpo sin vida en un rincón del condado de Greenwood, Mississippi. Tenía veintisiete años. La misma edad que décadas más tarde marcaría a otros artistas con finales prematuros.
Los testimonios de quienes lo acompañaron esos días hablan de una botella de whisky envenenada. Según se dice, Johnson había cortejado a la esposa de un hombre que decidió vengarse con un trago mortal. Horas después, el músico empezó a sentir un dolor insoportable. Agonizó durante días, sin atención médica, en una choza de madera, con su guitarra apoyada en la pared.
Nadie sabe con certeza si murió envenenado, enfermo o simplemente víctima del destino. Su certificado de defunción quedó incompleto: “sin causa conocida”. La falta de respuestas dio paso a la leyenda. Algunos afirmaron que había vendido su alma al diablo en un cruce de caminos a cambio de talento. Otros creyeron que fue el precio humano de un genio adelantado a su época. Ni siquiera su tumba ofrece certeza: tres lugares reclaman ser su descanso final.
Robert Johnson dejó un eco que no ha cesado. Su música inspiró a generaciones enteras, pero su final permanece envuelto en sombras. Fue un hombre que tocó el alma del blues y desapareció en el misterio, como si el infierno y la eternidad hubieran disputado su espíritu.