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Por Max Astudillo ()
La Habana.- Evo Morales creyó que el caos era su mejor aliado. Durante años, agitó las aguas de la política boliviana con la certeza de que, en la turbulencia, solo él sabría pescar. Pero el domingo, el río se le desbordó. El Movimiento al Socialismo (MAS), que gobernó Bolivia por dos décadas con mayoría absoluta, se hundió hasta lo inimaginable: un solo diputado y cero senadores. Morales, el pescador que se creía dueño del río, se quedó sin red y sin peces.
El expresidente jugó a ser el salvador de una izquierda que, en realidad, ya no quería salvación. Dividió al MAS en tres facciones: los leales a Arce, los suyos y los de Andrónico Rodríguez. Mientras Bolivia se ahogaba en inflación y escasez, él promovía el voto nulo como si fuera un acto revolucionario, no el berrinche de un niño grande al que le quitaron el juguete del poder. El resultado fue predecible: la izquierda se atomizó, y la derecha, que sí sabía pescar en aguas turbulentas, se llevó el botín.
Morales, el mismo que en 2019 intentó una reelección ilegal y terminó huyendo a México, repitió el guion: creyó que el desprestigio de Arce —su propio pupilo— lo catapultaría de vuelta al trono. Pero los bolivianos, hartos de mesías y de relatos épicos, prefirieron a un candidato de centro que ni siquiera aparecía en las encuestas. El «proceso de cambio» se convirtió en un chiste: el MAS pasó de controlarlo todo a ser un fantasma en el Congreso. Hasta un partido llamado Libre les robó el eslogan.
Lo más irónico es que Morales, en su obsesión por ser el único faro de la izquierda, dinamitó cualquier posibilidad de unidad. Cuando Arce intentó reunificar al bloque, el expresidente lo acusó de «tapar traiciones». Ahora, con el MAS reducido a anécdota, hasta los cocaleros del Chapare —su bastión— miran con desconfianza al hombre que los llevó al abismo. El pescador que tanto habló de «sabiduría ancestral» no supo ver que, a veces, el río revuelto arrastra también a quien lo agita.
Y así, Bolivia se prepara para un giro histórico. La derecha, representada por Rodrigo Paz y Jorge Quiroga, tendrá carta blanca para desmantelar el legado del MAS. Morales, mientras tanto, se queda con su último recurso: gritar desde el Chapare que todo es un complot. Pero ni sus lágrimas —ni las de su vicepresidente, que literalmente lloró en televisión— convencen ya a nadie. El hombre que se creía indispensable descubrió, demasiado tarde, que en política no hay pescadores eternos, solo peces que creen serlo.
Al final, la izquierda boliviana pagó el precio de su hybris. De tener el control absoluto del Legislativo a ser una nota al pie. De ser el partido de los movimientos sociales a convertirse en un club de rencores personales. El río, ahora calmado, fluye hacia otro lado. Y Morales, como esos pescadores que confunden el ruido con la pesca milagrosa, se queda en la orilla, con las manos vacías y el orgullo hecho trizas.