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Por Max Astudillo ()
La Habana.- El gobierno cubano enfrenta en estos momentos su dilema estratégico más complejo desde el Maleconazo de 1994, encapsulado en una pregunta letal: ¿reprimir o no reprimir? La incertidumbre no nace de la duda sobre su capacidad para aplastar protestas —el aparato del MININT y las Brigadas de Respuesta Rápida están aceitados para eso—, sino del cálculo geopolítico de las consecuencias.
El régimen sabe, con certeza absoluta, que la administración Trump, ávida de un casus belli definitivo contra el «eje del mal» latinoamericano, espera con los brazos abiertos cualquier exceso represivo. Una imagen de un tanque en una avenida habanera o una masacre grabada con celular sería el regalo propagandístico perfecto para justificar una escalada sin precedentes bajo la bandera de «proteger los derechos humanos».
La represión, en este escenario, no sería solo un acto de control interno, sino el detonante que el enemigo histórico necesita.
La opción contraria —contener las protestas sin violencia masiva— parece, a primera vista, una rendición ante la disidencia y un camino directo hacia la desestabilización. Permitir que la gente ocupe las plazas y mantenga las protestas por días, como ocurrió en Nicaragua en 2018, sería interpretado en Washington como la prueba definitiva de que el régimen ha perdido el miedo y, por tanto, el control.
Sería la señal que esperan desde Washington para declarar que ha llegado «la hora final del castrismo» y activar todos los mecanismos de asfixia y apoyo abierto a una transición forzada. El régimo se encuentra así en una pinza perfecta: reprimir es darle a Trump la justificación; no reprimir, la evidencia de su debilidad terminal.
En el centro de este tormenta de decisiones se encuentra el general de cuerpo de ejército Lázaro Álvarez Casas, ministro del Interior. Sus agentes y oficiales tienen el dedo en el gatillo, pero su mano está paralizada a la espera de una orden que solo puede emanar del santuario familiar: la casa de los Castro.
Es Raúl Castro, el patriarca y jefe supremo fáctico de las Fuerzas Armadas, quien, en consulta con su hijo Alejandro y el mayoral Díaz-Canel, determinará el umbral de violencia permisible. Álvarez Casas, un hombre acostumbrado a ejecutar, no a deliberar, pasa las noches en vela, consciente de que cualquier error de cálculo puede desencadenar no solo una crisis interna, sino una respuesta externa devastadora.
Este panorama de asedio interno se agrava por una presión militar externa palpable y calculada. La presencia de navíos de la US Navy y vuelos de reconocimiento RC-135 «Rivet Joint» de la Fuerza Aérea estadounidense cerca de la costa norte de Cuba no es una coincidencia.
Es un recordatorio táctico, una demostración de fuerza diseñada para aumentar la paranoia en la cúpula y enviar un mensaje a la población: «Washington está mirando». Esta vigilancia cercana sirve para dos propósitos: recabar inteligencia en tiempo real sobre movimientos de tropas y, crucialmente, para que cualquier orden de represión se tome con el fantasma de una intervención inmediata sobre la mesa.
La tragedia —y la evidencia irrefutable de la bancarrota moral del sistema— es que este dilema mortal es completamente autoinfligido. La situación desesperada que impulsara, más temprano que tarde, a la gente a salir a la calle, la hambruna energética, el colapso sanitario y la falta total de futuro, es culpa exclusiva de seis décadas de gestión totalitaria, de una revolución que devoró a sus hijos y al país entero.
El régimen no está siendo víctima de una conspiración externa; está cosechando el odio y la desesperación que sembró con su incompetencia dogmática y su apego patológico al poder.
Al final, la elección entre reprimir o no reprimir es un falso dilema. Ambas vías conducen, por caminos distintos, al mismo precipicio. La verdadera cuestión que la familia Castro debe contestar en sus deliberaciones nocturnas es más simple y más aterradora: ¿cómo se negocia la rendición de un régimen que no tiene nada que ofrecer más que más miseria, y cuyos líderes saben que no tienen un lugar en el mundo el día después de su caída?
Mientras lo deciden, la isla, como un barco a la deriva entre la ira de su pueblo y la tormenta que se avecina del norte, se hunde un poco más.