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Por Jorge L. León (Historiador e investigador)
La segunda convocatoria del señor Miguel Díaz-Canel no solo llega tarde para el pueblo cubano: llega tarde para la historia y para el mundo democrático. No es un gesto de reconciliación, sino un intento desesperado de lavado político de un régimen agotado, desacreditado y crecientemente aislado en el escenario internacional.
1. ¿Habrá derechos políticos reales o continuará el fraude institucional?
La pregunta es directa: ¿permitirá el régimen que los ciudadanos se postulen libremente a la Asamblea del Poder Popular, sin filtros del Partido Comunista, sin comisiones de candidatura controladas y sin exclusión ideológica?
Mientras no exista pluralismo, campañas libres y alternancia real en el poder, Cuba seguirá siendo vista por el mundo democrático como una ficción electoral, carente de legitimidad política.
2. ¿Cesarán las confiscaciones y el castigo al que emigra? ¿Dejará el Estado de despojar de sus casas, bienes y derechos civiles a quienes deciden emigrar?
Durante décadas, esta práctica ha sido una política punitiva y vengativa, violatoria del derecho internacional. Castigar la emigración ha sido una de las causas centrales del descrédito jurídico y moral del régimen ante gobiernos e instituciones democráticas.
3. ¿Ya no habrá más presos por pensar distinto?
Esta es la prueba decisiva.
¿Se acabará la cárcel como respuesta al pensamiento libre?
Hoy existen más de mil presos políticos en Cuba, encarcelados por opinar, manifestarse, escribir o disentir. Mientras exista un solo preso por razones políticas, toda convocatoria a la reconciliación es una impostura. No hay diálogo posible bajo rejas ni consenso bajo amenaza.
4. ¿Dejarán de llamarnos “gusanos”, “apátridas” y “traidores”?
Durante 67 años, el régimen ha institucionalizado el lenguaje del odio, deshumanizando al disidente y al emigrado. No fue un exceso verbal: fue un instrumento de control social.
Ese discurso fracturó a la nación y rompió definitivamente la confianza del mundo democrático con el Estado cubano. Ningún gobierno que insulta a sus ciudadanos puede exigir respeto internacional.
5. No se borran 67 años de discriminación con una carta. No, señor Díaz-Canel, no se borran décadas de represión, chantaje laboral, vigilancia, exclusión política y castigo colectivo con un texto oportunista.
Las víctimas existen. Los expedientes existen. Las familias destruidas existen.
La Unión Europea, los parlamentos democráticos y numerosos países libres ya no creen en el relato. El aislamiento diplomático y la ruptura moral con el régimen son consecuencias, no malentendidos.
6. El aislamiento internacional es el verdadero veredicto.
Cuba hoy está aislada del mundo democrático.
El régimen ha perdido la confianza de la Unión Europea y de múltiples naciones libres, y solo sobrevive gracias a alianzas autoritarias, no por reconocimiento legítimo.
Cuando un gobierno queda moralmente aislado, su final no es ideológico: es histórico.
Asi las cosas, la segunda convocatoria de Miguel Díaz-Canel no inaugura una nueva etapa: certifica el agotamiento terminal de un modelo fracasado.
Cuba no necesita más retórica tardía. Necesita presos políticos en libertad, derechos restituidos, pluralismo real y reinserción democrática en el mundo.
El mundo ya tomó nota. La historia también. Huyan ahora que pueden. Mañana será tarde.