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𝗥𝗲𝗼𝗿𝗱𝗲𝗻𝗮𝗴𝘂𝗶𝗰𝗮 (𝗜𝗜)

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Por Ulises Toirac ()

aL Habana.- Picasso tuvo razón cuando pintó el Guernica. Cada vez que veo, tras la bruma del humo de los cigarrillos de este bar, su icónica obra, con manchas de alcohol y nicotina, se me hace brutalmente cubano. Veo de todo allí. Y se lo digo. Asiente porque sabe que soy cubano. Seguro lo entiende por el otro extremo de la cuerda, pero quién le discute a su Chivas Regal a medio vaso. No estoy pa meterme en esa balacera a esta hora.

Se me atraviesan Carlos Marx y su inseparable Federico, y quiero insultarles, pero escucho que cantan a dúo «Vereda Tropical» con el acompañamiento musical del karaoke y se me pasa. En realidad ellos fantasearon. Es como si Teresa de Calcuta publicara libros de Psicología Sexual. La concreta es la concreta. La religiosa podrá tener toda la información del mundo a la hora de escribir, pero si usted le hace caso a un hipotético libro suyo escrito en esos términos, muere casto.

Por cierto que María Teresa está al otro extremo del bar. El opuesto al cuadro de mi interlocutor. Conversa animadamente con Adolfo Hitler. Creo que intentan ambos convencerse mutuamente, aunque temo que el alemán no tenga la paciencia de la religiosa y aquello termine con una dosis de Ciclón B aplicado con un aerosol portátil. Confío en que la presencia en la mesa de Aristóteles mantenga las cosas en zona razonable. Aunque no veo que dispare una, está todo atento a la conversación. Quizás trate de que su estructura de pensamiento encaje en algo de lo que se dice. De contexto está como pez fuera del agua, pero en cuanto se termine la primera jícara de vino, él entra en caja, porque lo que sí domina es discutir.

Michel Jackson, por su parte, sigue con las manos el ritmo de la canción que cantan los filósofos. Tamborillea con los dedos de su mano enguantada en la mesa, haciendo ese movimiento suyo con la cabeza y el cuello. Aunque es triste que un músico de su talla descubra las canciones de mi país de esa manera, suele suceder más de lo que uno se imagina. «Vereda Tropical» tiene el encanto de ser absolutamente amorosa, lírica en la letra, pero movida en el ritmo. Nada que nos represente mejor.

Ponernos melosos no impide que movamos la pelvis a ritmo de deseo, lo cual, dicho en ese orden, es virtud. Sin embargo, andar todo martillo neumático y de repente acompañar la faena con la recitación del Poema Veinte de Pablo Neruda es vergonzoso y antipatriótico.

Robinson y Viernes están como fuera de lugar. Lógico, es Martes.

Me alegra el ambiente cosmopolita y atemporal. El pasado fin de semana la casa auspició un concurso de poesía. Se malogró porque Bukowski era el presidente del jurado. Al cabo de las tres horas de poemas de todo tipo —participaron desde D’Artagnan hasta Benicio del Toro—, el genio de la poesía yacía desnudo y borracho en una esquina detrás de unas mesas. Con el pene en una mano y resistiéndose a soltarlo ante las súplicas de sus amigos deseosos de vestirle.

Ya esto se está poniendo peligroso. José Raúl Capablanca ha estado palmeando toda la canción. Lo entiendo, la identidad y todo eso. Primero disimuladamente, luego con más bríos, pero ahora se ha levantado de la mesa (Carlitos y Fico ya van por el tumbao de la canción) y ha ido directamente a la mesa de Frida Kahlo para sacarla a bailar. Él será un estratega genial del tablero, pero esta jugada es absurda. No quiero ni mirar hacia allí. Prefiero ver a Sam al piano, ejecutando los acordes tropicales con entusiasmo.

Este bar es increíblemente absurdo, pero lo más absurdo es que la dueña sea Marie Curie, que tiene al marido de bartender en lo que ella se pasea por todo el salón. Por suerte no bebo. Pablo sí. Aunque me he fijado que evita mirar su propia pintura, yo, sin embargo, no dejo de echarle un looking de vez en cuando, para seguir identificando con asombro, detalles del reordenamiento.

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