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Por Jorge L. León (Historiador e investigador)
Houston.- Raúl Modesto Castro Ruz no fue un segundón de Fidel ni una figura decorativa del poder. Fue el verdadero arquitecto del Estado militar que hoy gobierna Cuba. Mientras su hermano monopolizaba la épica, Raúl diseñó la maquinaria: ejército, inteligencia, economía y represión. Gobernó desde las sombras durante décadas y, cuando heredó el poder formal, solo administró la ruina.
No fue un líder carismático. Fue algo más eficaz: un ingeniero de la dominación.
El comunismo como sistema de castas
Raúl Castro se acerca al marxismo antes que Fidel. Su viaje a Europa del Este en 1953 lo vincula directamente con el aparato soviético. Desde entonces concibe el comunismo no como proyecto social, sino como modelo de control político.
El sistema que ayudó a implantar no buscó igualdad, sino obediencia. No creó ciudadanos, sino subordinados. No levantó una nación, sino una estructura jerárquica donde la élite gobierna y el pueblo sobrevive.
Bajo su diseño, Cuba se convirtió en una pirámide invertida: el sacrificio abajo, el privilegio arriba.
El resultado fue un socialismo de cuartel: partido único, economía intervenida, sociedad vigilada y poder concentrado en una cúpula militar.
Raúl fue ministro de las Fuerzas Armadas desde 1959. Desde ahí construyó el verdadero Estado cubano: un poder militar convertido en dueño del país.
Bajo su mando nació el complejo empresarial de las FAR, hoy conocido como GAESA, que controla el turismo, los puertos, los aeropuertos, las finanzas, el comercio en divisas y las principales empresas estratégicas. Mientras el pueblo sobrevive con salarios simbólicos, la élite militar administra un capitalismo cerrado sin rendición de cuentas.
Como afirmó el periodista e historiador Carlos Alberto Montaner: «Cuba no es un país socialista: es una dictadura militar con retórica marxista».
Paralelamente, Raúl consolidó el aparato represivo del Ministerio del Interior: vigilancia, expedientes políticos, delaciones, cárceles, destierros y control social permanente. No improvisó la represión: la profesionalizó.
Cuando Raúl asume formalmente el poder en 2006 hereda un país agotado. Promete reformas, eficiencia y racionalidad. Entrega, sin embargo, una nación más empobrecida, más envejecida y más desesperada.
Gobierna sin épica y sin fe. Solo administra la decadencia. Impone a un presidente sin poder real y se retira dejando intacto el dominio de la cúpula militar.
Su legado no es una revolución. Es una ruina organizada.
Asi las cosas: Raúl Castro no gobernó para el pueblo, sino sobre el pueblo. No creyó en la igualdad, sino en la obediencia. No construyó una nación: administró su demolición.
Representa el último eslabón de una dinastía que convirtió a Cuba en una propiedad privada del poder.