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Por Carlos Carballido ()
Dallas.- El paso del tiempo hiere de formas distintas según el suelo que uno pisa. Para quien nació y creció en una isla pequeña y luego la abandonó para siempre, el tiempo no solo envejece el cuerpo: desgarra el alma con la nostalgia de lo que pudo ser y con la rabia de lo que fue destruido.
Ulysses Pereira, emigrado de Cuba, lleva décadas sintiendo ese dolor agudo del exilio, agravado por la frustración de ver cómo nuevas generaciones de cubanos —dentro y fuera de la isla— defienden aún el mismo régimen que convirtió a Cuba en un proyecto de pobreza material y, peor aún, de desarraigo moral y ético.
No hay abyección mayor que la que se vive hoy en las calles de Miami: opresores y oprimidos tomando café en el Versalles, ese lugar icónico del exilio donde, durante décadas, se ha llorado, conspirado y celebrado, pero donde ahora conviven, en una paz forzada y amarga, los verdugos y las víctimas de más de seis décadas de castrismo.
Ulysses Pereira es, ante todo, un hombre olvidado de su generación.
Nació en los años en que la República de Cuba dejó de existir, para convertirse en un feudo personal que se prolongaría por más de sesenta y cinco años.
Su vida no es la de un héroe de portada ni la de un privilegiado; es la de cualquier cubano de su tiempo, marcado por el barrio natal de Jesús María y, después, por Santos Suárez, donde vivió la mayor parte de su vida en La Habana; por el oficio de marinero profesional en su juventud, como ingeniero de sonido en espectáculos después, y por el largo, áspero camino del exilio a través de océanos y continentes.
Como el acero artesanal —lleno de impurezas, rugoso, sin pulimentos—, su carácter se forjó en el fuego de la adversidad: duro, resistente, con más temple que cualquier metal de lujo. La diferencia no está en la dureza, sino en la historia que lleva grabada a fuego en la piel y en el alma: heridas que no cicatrizan, pero que tampoco doblegan.
Este libro vivencial, Diario de un advenedizo. Últimos destellos del cerebro de un cubano viejo, su ópera prima, no pretende ser una exhaustiva autobiografía.
Resumir casi setenta años de una existencia complicada por el rol que le tocó a su generación —la de la Cuba de los sesenta, los setenta y la caída del Muro de Berlín— es tarea imposible en unas pocas páginas.
Sin embargo, Pereira logra, en escritos breves y directos, desbordar toda esa trayectoria de fuego que hombres y mujeres como él tuvieron que afrontar en una isla maldecida por la involución, generadora de seres despojados de valores y de sentido de pertenencia a lo que alguna vez llamamos patria. «La experiencia y la sabiduría casi siempre llegan demasiado tarde», afirma el autor en su capítulo tercero. Su vida entera es la prueba viviente de esa verdad cruel.
En estas páginas, el lector se verá reflejado, de algún modo inevitable, en esa amalgama de vivencias contrapuestas: la ilusión de una Revolución que se anunciaba para los humildes, por los humildes y de los humildes, y que terminó devorándose a sí misma hasta convertirse en una tiranía nauseabunda.
Pereira escapó de ella en silencio sepulcral, sacrificando familia, un hijo pequeño y a una esposa que siempre fue su bastón sólido, su brazo derecho en el caminar sin temor a caer.
Su tenacidad hizo posible que, en un punto de su vida, haya podido abrazarlos nuevamente tras años de destierro forzado. El exilio no fue para él una opción cómoda ni un lujo económico: fue una necesidad interna tan poderosa como la explosión del Big Bang, una búsqueda desesperada de libertad, de sentido, de un futuro para su familia, de la ley y el orden. Lo encontró sin renunciar a los valores, tradiciones y costumbres heredados de una Cuba en decadencia, pero que aún se resistía a entregar sus tesoros identitarios.
Pereira se negó a ese destino macabro de despojar los recuerdos y, con este libro, deja una impronta indeleble de su peregrinar por este valle de lágrimas.
He prologado varios libros en mi carrera de periodista: algunos por cortesía, otros porque su profundidad académica o vivencial me cautivó al instante. Pero el de Ulysses Pereira es distinto: su narración es sencilla, directa, sin adornos superfluos.
Esta ópera prima tiene la virtud de poder digerirse tanto por un académico como por un vendedor de frutas o de aguas en los semáforos de cualquier ciudad en decadencia. Los valores humanos de nuestra generación —llena de canas y queloides en el corazón— están siendo fagocitados por una nueva era de insensibles e idiotas que ignoran lo que nos identificó como humanidad civilizada. Leer este libro es necesario. Se lee de un tirón, como se decían las novelitas graficadas de los campos cubanos.
Llega un punto en que todo hombre, olvidado o no, debe irse de este mundo, y nada mejor que inmortalizarse en una tormenta de letras vivenciales plasmadas en un libro.
Ese, creo, es el objetivo profundo de Ulysses Pereira: dejar constancia de que eso llamado vida no es un paraíso eterno. Es, a veces, un infierno suavizado por momentos bellos, experiencias simples pero inolvidables, dramas que aniquilan el alma pero, ante todo, fortaleza. Se muere con el escudo o sobre el escudo, pero jamás sin él. Y esa es, a mi modo de ver, la advertencia —y la lección— que el autor nos deja en cada línea.
Que estas páginas sirvan, entonces, de testimonio y de espejo. Porque, en el fondo, todos somos, de algún modo, hombres y mujeres olvidados que necesitamos recordar quiénes fuimos para no perdernos del todo.