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Por Jorge Sotero ()

La Habana.- Mientras el ministro de Transporte anuncia con bombo y platillo la remodelación del aeropuerto Antonio Maceo en Santiago de Cuba, con salones ampliados y cintas transportadoras relucientes, uno no puede evitar preguntarse: ¿es esto realmente lo que necesita el cubano de a pie?

En un país donde el plato de comida se ha convertido en un lujo, donde las colas interminables para comprar pollo o aceite son el pan de cada día, resulta difícil celebrar inversiones millonarias en infraestructura turística cuando lo urgente sigue siendo la mesa vacía.

La salud pública, otrora orgullo nacional, hoy se desmorona entre hospitales sin medicamentos, equipos obsoletos y profesionales que huyen buscando un futuro digno. ¿De qué sirve modernizar un aeropuerto si las clínicas carecen de lo más básico? ¿Qué sentido tiene agilizar el paso de turistas mientras pacientes esperan meses —a veces años— por una cirugía o un tratamiento vital? La prioridad debería ser salvar vidas, no impresionar a visitantes con salones climatizados.

El hambre no espera

La educación, otro pilar de la Revolución, agoniza entre escuelas derruidas, maestros desmotivados y una generación que crece sin esperanzas. Mientras se planea invertir millones en «esteras» para maletas, las aulas siguen sin pupitres, sin libros, sin luz.

¿Qué futuro se construye con aeropuertos de lujo y escuelas en ruinas? El conocimiento es la verdadera riqueza de un pueblo, y Cuba parece empeñada en enterrarla bajo el cemento del turismo.

El hambre no espera. La inflación galopante, la escasez crónica y el desabastecimiento han convertido la alimentación en una obsesión colectiva. Campesinos luchan contra tierras improductivas por falta de insumos, madres inventan milagros para alimentar a sus hijos, y el gobierno… anuncia pomposas obras en un aeropuerto.

Mientras no haya leche para los niños, ni harina para el pan, ningún proyecto suntuoso debería ocupar el primer lugar en la agenda nacional.

No es un aeropuerto lo que hay que remodelar

Cuba no necesita más turistas; necesita que su gente no tenga que emigrar para comer. No requiere salones VIP, sino hospitales con aspirinas, escuelas con tizas, mercados con alimentos.

La obsesión con el desarrollo turístico, mientras se ignora el colapso interno, es como pintar la fachada de una casa que se cae a pedazos. El pueblo no pide lujos, pide dignidad.

Santiago de Cuba, cuna de la supuesta rebeldía, merece más que un aeropuerto remodelado. Merece que sus hijos no se vayan, que sus enfermos se curen, que sus estudiantes aprendan con decoro.

El verdadero progreso no se mide en metros cuadrados de terminales aéreas, sino en platos llenos, medicinas disponibles y aulas vibrantes. Ese debería ser el proyecto nacional: no la Cuba que recibe extranjeros, sino la que cuida a los suyos.

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