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Por Jorge Menéndez ()
Cabrils.- El mundo avanza, imparable. Crece, cambia e innova sin pedir permiso ni detenerse a comprobar si Cuba está lista. La isla, en cambio, fiel a una originalidad suicida, ha decidido que progresar es signo de debilidad. Su estrategia, inmutable, consiste en remar contra la corriente hasta que los brazos se resquebrajen. Eso sí, con un mantra oficial que pretende ser tranquilizador: “No estamos solos”.
Claro que no lo están. Los acompaña el pesado fardo de sus propias ilusiones. Seamos serios: el mapa de aliados se ha reducido a la mínima expresión. Rusia mantiene una distancia estratégica; China negocia con pragmatismo; Venezuela se retiró sin hacer ruido, y México, cuya economía desayuna con Estados Unidos, también ha ajustado su diplomacia. Sin embargo, la dirigencia cubana insiste en actuar como si presidiera un club de socios incondicionales, un club que, en realidad, cerró sus puertas hace años y nadie se molestó en avisar.
Este panorama deja dos conclusiones inevitables. La primera: cualquier solución exige actuar con lógica, pero exigirle racionalidad a la cúpula cubana es como pedirle a un cenicero que respire. La segunda: la ideología oficial funciona como un tumor metastásico que invade todo: la economía, la seguridad nacional, el precio del pan, la escasez de leche y hasta el aire que se respira. El Gobierno pretende escribir una nueva página, pero lo intenta con un lápiz sin punta, sin tinta y sobre un papel que se deshace. Y aún esperan los aplausos de la historia.
Mientras tanto, los indicadores económicos pintan un panorama desolador. La economía es un cadáver maquillado, la inflación un incendio descontrolado y la ideología, el fósforo que lo alimenta. Los antiguos aliados optaron por el sentido común; Cuba eligió la ruta del autosabotaje, empeñada en una discusión infinita con la realidad. La fecha de defunción del sistema se acerca. No se requiere ser profeta: basta con tener ojos y negarse a vivir del cuento.
La reciente decisión de Donald Trump de apretar las tuercas de las sanciones encontró una respuesta previsible. Los ideologizados salieron a marchar frente a la oficina de intereses de Estados Unidos, convencidos de que corear consignas es una forma avanzada de negociación internacional. Una escena patética.
El canciller Bruno Rodríguez, rápido en el disparador, salió a negar lo evidente: que Cuba es una amenaza, que se violan derechos humanos, que existe represión o que se ha apoyado el terrorismo. Si la verdad fuera dinamita, esas declaraciones no tendrían poder ni para volar una pestaña.
El expediente histórico es grueso. Cierto, Cuba no es una amenaza militar directa para Estados Unidos, pero su historial de injerencia es extenso: Etiopía, Angola, Nicaragua, Bolivia, Argentina, Perú, El Salvador, Colombia. Un álbum de aventuras foráneas que nadie solicitó y por las cuales nunca llegó un agradecimiento. Más reciente: durante años negó su presencia militar en Venezuela, hasta que un ataque sorpresa dejó al descubierto la muerte de 32 militares cubanos. La mentira tiene patas cortas, pero el régimen la obliga a correr maratones.
En el frente interno, la situación es opresiva. Organizaciones independientes documentan más de 900 presos políticos, activistas acosados y periodistas detenidos. Aún así, el discurso oficial insiste en que todo funciona a la perfección. Las tribunas, las marchas y los actos de repudio son, supuestamente, explosiones de espontaneidad popular, tan genuinas como un eclipse programado con almanaque. Cuba trata a sus disidentes como un error de fábrica: cero oportunidades, cero participación, cero dignidad. Todo adornado con una épica revolucionaria que solo sirve para maquillar la ruina.
Ejemplos no faltan. El hundimiento del Remolcador “13 de Marzo” en 1994, con 41 víctimas, sigue siendo un monumento a la intolerancia. La “exportación de ideología” como acto de amor se desmiente con la hospitalidad a antiguos miembros de ETA, reconvertidos en empresarios bajo el sol caribeño. Un relato tan edificante como falso.
Hoy, ante la nueva presión de Washington, la ecuación queda al desnudo: la dinastía que gobierna Cuba desde hace 67 años prefiere ver al país hundirse en el caos antes que renunciar a una hectárea de poder. ¿Eso constituye terrorismo de Estado? La pregunta, ante los hechos, se responde sola. El pueblo ideologizado será siempre la carne de cañón, la primera línea. Ellos, los jerarcas, cuando llegue la hora final, correrán como ratas por la borda. La historia está llena de ejemplos, y todos terminan igual.