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Pragmatismo de Trump con Cuba tiene respuesta: no se concede libertad a un pueblo que no la pide

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Por Carlos Carballido ()

Dallas.- El Síndrome de Trastorno de Trump (TDS, por sus siglas en inglés) se ha extendido ahora hacia una buena cantidad de cubanos que no están de acuerdo con el presidente por la inacción directa sobre Cuba para acabar con su tiranía.

La respuesta lógica es solo una: SI A LOS CUBANOS NO LES INTERESA SU PROPIA LIBERTAD, MUCHÍSIMO MENOS A TRUMP.

La línea de Donald Trump hacia Cuba parte de una premisa incómoda: Washington no tiene por qué arriesgar capital político interno ni recursos estratégicos para liberar a un pueblo que, al menos en apariencia, no está dispuesto a asumir el costo de luchar por su propia libertad.

Su pragmatismo no es sentimental; es transaccional. Y la sociedad cubana, fragmentada, agotada y atemorizada, le ofrece el argumento perfecto.

Tres factores alimentan esa conclusión

Primero, el régimen cubano ha invertido sus últimos recursos en mantener operativo lo único que le garantiza la supervivencia: el aparato represivo. Aun con el país en ruinas, la policía política, el MININT y las FAR conservan capacidad suficiente para sofocar cualquier brote de protesta antes de que se convierta en un desafío nacional.

Segundo, la experiencia del Maleconazo en 1994 y del 11J en 2021 envió un mensaje devastador al imaginario colectivo: el precio de salir a la calle puede ser décadas de cárcel, el exilio forzado o la muerte civil, mientras que la recompensa es, cuando mucho, una breve válvula de escape y la continuación del mismo sistema.

Tercero, la salida migratoria masiva ha vaciado de músculo social la capacidad de resistencia interna: los jóvenes más inconformes ya no piensan en organizarse, piensan en irse.

Desde la lógica de Trump, la ecuación es simple: si el pueblo no está dispuesto a arriesgarse, Estados Unidos tampoco.

Prudencia de unos, inmovilismo de otro

La Casa Blanca, bajo su liderazgo, prioriza intereses estratégicos claros —migración, seguridad, contención de aliados de La Habana como Rusia, Irán o Venezuela— por encima de una agenda idealista de “liberación” que la propia población cubana no parece empujar de manera sostenida.

En ese marco, la libertad de Cuba se convierte en un asunto primordialmente interno: o la reclama el pueblo, con todas sus consecuencias, o seguirá siendo materia de discursos y sanciones que no alteran el núcleo del poder en la isla.

La frase “no se concede libertad a un pueblo que no la pide” funciona así como diagnóstico y como coartada.

Entre esa prudencia calculada de Washington y el inmovilismo forzado de la sociedad cubana, el régimen encuentra el espacio perfecto para seguir controlando un país en ruinas que todavía no ha terminado de decidir si prefiere el riesgo de la libertad al costo de la obediencia.

De persistir esta especie de bloqueo real de EE. UU. a Cuba, llegará un punto en que la tiranía tendrá que sentarse a conversar si quiere evitar el caos social.

La culpa no es de Trump

Moralmente, algo así será un puñal clavado en todo exiliado cubano que fue obligado a irse de la isla, pero no es Trump el culpable. Es el pueblo que permitió 68 años de suplicios debido a su daño antropológico.

La tiranía está débil y es el momento perfecto para salir a la calle. Sin embargo, no parece que esto sea una opción, porque ahora se entiende que la mal llamada oposición cubana siempre fue un chiste mal contado, sin plan de contingencia, sin estrategia y sin liderazgo.

Al final, la salida más probable es que permitirán aperturas económicas para evitar el suicidio colectivo. Quedarán los mismos al mando y el pueblo, al menos, tendrá un pedazo de pan crujiente para comer y sin tanto tormento.

No es la primera vez que sucede. La caída del campo socialista vio a los dirigentes convertirse en grandes empresarios y oligarcas, a pesar de sus manos manchadas de sangre, y el mundo siguió girando.

Pues con Cuba parece que no será diferente y es hora de que nos acostumbremos. Trump no es el culpable de esto. Es esa isla agonizante. Si su pueblo no ha sido capaz de pedir su libertad, no hay razón para intervenir y regalarla.

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