Enter your email address below and subscribe to our newsletter

¿Por qué Ortega y Murillo son más inteligentes que el castrismo?

Comparte esta noticia

Por Jessy Jaramillo ()

Managua.-Mientras el castrismo se desangra en una agonía lenta y predecible, negándose a ceder un ápice en su retórica trasnochada, Daniel Ortega y Rosario Murillo han ejecutado en apenas cuarenta días una operación de supervivencia política que debería estudiarse en las escuelas de ciencia política. No por ética, conste; sino por puro instinto de conservación.

Lo que el matrimonio nicaragüense ha hecho desde la caída de Nicolás Maduro no es otra cosa que leer las señales, interpretar el mapa geopolítico y actuar en consecuencia. Algo que, en La Habana, parece una ciencia olvidada.

Observen la secuencia: Maduro cae el 3 de enero. Una semana después, el 10 de enero, Nicaragua excarcela a «decenas de personas» que organizaciones de derechos humanos identifican como presos políticos. La coincidencia no es casual. Ortega entendió que Washington estaba mirando, que el mensaje de Trump sobre Venezuela era también un mensaje para él, y que la mejor defensa era una retirada estratégica en el frente de los derechos humanos.

No liberó a todos, no cometió la estupidez de mostrarse débil, pero soltó lastre justo cuando el barco amenazaba con hundirse. El castrismo, en cambio, sigue acumulando presos, sigue llenando las cárceles de jóvenes que pidieron luz y pan, sigue alimentando el expediente que un día usarán en su contra.

Otra jugada maestra

Luego vino la jugada maestra: el restablecimiento del visado para ciudadanos de 128 países, entre ellos Cuba, Venezuela, China, Irán y media África. Durante años, Nicaragua funcionó como el trampolín perfecto para la migración irregular hacia Estados Unidos. Vuelos chárter desde países lejanos aterrizaban en Managua, y de ahí, una caravana hacia el norte.

Washington llevaba meses, años, advirtiendo que eso era inaceptable. Pues bien: Ortega escuchó, entendió y actuó. Cerró la llave migratoria con la misma frialdad con que antes la había abierto. Mientras tanto, en La Habana, el castrismo sigue sin entender que la política de «dejarlos ir» tiene un costo geopolítico, y que ese costo se llama Marco Rubio, se llama Trump, se llama lista de países patrocinadores del terrorismo.

Y luego está el cambio de narrativa, quizá el movimiento más inteligente de todos. Ortega, ese mismo que durante décadas construyó su imagen a base de improperios contra el imperialismo, contra el imperio, contra los yanquis, ha guardado silencio. No más verbo encendido. No más arengas antiimperialistas.

El discurso se ha moderado, se ha tecnificado, se ha vuelto casi diplomático. ¿Dónde quedaron los insultos? Guardados en el cajón, junto a las fotos de Maduro, esperando tiempos mejores. Ortega sabe que la Casa Blanca de Trump no es la de Obama, y que cada palabra contra Estados Unidos tiene un precio en dólares, en sanciones, en presión internacional.

El castrismo, en cambio, sigue anclado en el discurso de 1960, repitiendo las mismas consignas, los mismos lemas, las mismas mentiras, como si el mundo no hubiera cambiado, como si Trump fuera Kennedy y el bloqueo fuera la única explicación para el desastre.

La estupidez no es conherencia

La designación de Guisell Morales como nueva encargada de negocios en Washington es otra pieza del rompecabezas. Nicaragua no tenía embajadora desde febrero de 2024, pero en cuanto la tormenta arreció, enviaron a alguien. Una señal clara de que quieren negociar, de que quieren mantener canales abiertos, de que no están dispuestos a repetir la tragedia venezolana.

En La Habana, mientras tanto, las relaciones con Washington son un páramo. La embajada funciona a medio gas, el diálogo es inexistente, y el régimen parece esperar que la tormenta pase sin mover un dedo. Pero la tormenta no pasa; se intensifica.

Los analistas del Centro de Estudios Transdisciplinarios de Centroamérica lo expresan con claridad: Ortega y Murillo buscan una negociación con Estados Unidos. Y tienen un espejo en qué mirarse: el espejo de Maduro. La caída del venezolano les enseñó algo que el castrismo aún no ha aprendido: que el poder no es eterno, que las alianzas se rompen, que los amigos desaparecen cuando el barco se hunde. Por eso sueltan presos, cierran fronteras, modulan el discurso y envían emisarios. No por humanismo, sino por instinto. No por generosidad, sino por miedo.

Y mientras tanto, en La Habana, Díaz-Canel sigue repitiendo los mismos discursos, la misma cantinela, la misma negación de la realidad. La diferencia es abismal: unos se adaptan, otros se petrifican. Unos negocian, otros se aíslan. Y mientras unos sobreviven, otros agonizan.

Ortega y Murillo han entendido que la dictadura del siglo XXI no puede sobrevivir con las herramientas del siglo XX. El castrismo, en cambio, sigue empeñado en demostrar que la estupidez también puede ser una forma de coherencia. Y la historia, como siempre, pondrá a cada uno en su lugar.

Deja un comentario