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Por Max Astudillo ()

La Habana.- Miguel Díaz-Canel se ha atrevido a preguntar, en esa entrevista con Pablo Iglesias que ya es un monumento al cinismo, por qué la administración Trump trata a Cuba con una dureza que no aplica a otros países comunistas como China. La pregunta, formulada con ese tono de agravio que el mayoral ha perfeccionado, merece una respuesta que no le gustará escuchar.

Porque la diferencia entre Cuba y China no es ideológica, es histórica, es geográfica, es de comportamiento. China nunca nacionalizó propiedades estadounidenses sin compensación, no instaló un gobierno títere a noventa millas de las costas de Florida, no convirtió la hostilidad hacia Washington en su razón de ser durante sesenta y siete años. Cuba lo hizo todo eso y más. Y ahora pregunta por qué le aprietan la soga.

La lista de agravios que La Habana ha acumulado contra Estados Unidos es tan larga como la historia de la revolución. Las nacionalizaciones de 1960, las expropiaciones sin indemnización, la alianza con la Unión Soviética en plena Guerra Fría, la instalación de misiles nucleares a tiro de piedra de Miami, el apoyo logístico a guerrillas comunistas en América Latina, la infiltración de agentes en territorio estadounidense, la promoción de oleadas migratorias como arma de desestabilización.

Todo eso no fue respuesta al bloqueo, como les gusta repetir a los voceros del régimen. Fue provocación. Fue agresión. Fue la apuesta de Fidel Castro por una confrontación que él creía ganar, respaldado por el poderío soviético. Ahora que el respaldo se ha esfumado, lloran porque el coloso que despertaron ha decidido recordar quién es.

El fracaso de un proyecto

La diferencia con China es de manual de geopolítica básica. Pekín, con todo su autoritarismo, nunca ha amenazado directamente la seguridad nacional de Estados Unidos desde una posición de cercanía física. China no tiene sus costas a noventa millas de la bahía de Guantánamo. China no ha fomentado oleadas migratorias para saturar las fronteras americanas.

Tampoco China ha servido de plataforma para que Irán, Corea del Norte y otras dictaduras hostiles tengan un pie en el hemisferio occidental. Cuba, en cambio, ha hecho todo eso y más. Y lo ha hecho con una mezcla de soberbia y cálculo que ahora, cuando las tornas han cambiado, pretende disfrazar de resistencia heroica.

Ver parate de la entrevista acá: (https://www.facebook.com/reel/1426859838643523)

El estado fallido en que ha devenido Cuba no es una casualidad, es el resultado de una política deliberada. Los Castro convirtieron la isla en un laboratorio de fracasos: económico, social, político. Pero su fracaso no es solo interno. Es también externo. Porque durante décadas, La Habana fue el epicentro desde donde se diseñaron campañas de desestabilización en toda América Latina.

Las guerrillas, el narcotráfico, la inteligencia al servicio de las peores causas, todo tuvo su cuartel general en esta isla que ahora se presenta como víctima. ¿Y pretenden que Washington lo olvide? ¿Pretenden que la administración Trump, que ha visto cómo desde Cuba se orquestaba la ruta migratoria más masiva de la historia reciente a través de Nicaragua, les conceda el beneficio de la duda?

Sin escapatoria

Porque ahí está el punto que Díaz-Canel no menciona en su entrevista con Iglesias: la llamada «ruta de los volcanes» que permitió la entrada de cientos de miles de cubanos a Estados Unidos en los últimos años no fue un fenómeno espontáneo. Fue un mecanismo diseñado desde La Habana, una válvula de escape que el régimen activó cuando la presión interna se hizo insoportable.

Es la misma estrategia que usaron en el Mariel, la misma que usaron en la Crisis de los Balseros. Exportar la crisis para desestabilizar al enemigo. Y ahora, cuando Washington decide cortar de raíz ese mecanismo, cuando Trump anuncia que no habrá otro Mariel, los mismos que jugaron con la desesperación de su pueblo como arma de guerra se rasgan las vestiduras.

La pregunta de Díaz-Canel es, en el fondo, una confesión. Revela que el régimen cubano no entiende por qué después de sesenta y siete años de hostilidad, después de décadas de mentiras, después de haber convertido la isla en un bastión de violación de derechos humanos, un semillero de guerrillas y un trampolín migratorio, Estados Unidos ha decidido que ya es suficiente.

Cuba no es China, señor presidente. No es Vietnam. No es ningún otro país comunista con el que Washington pueda mantener relaciones pragmáticas. Cuba es la dictadura que está al lado, la que amenaza, la que nunca dejó de agredir. Y esa historia, esa larga historia de provocaciones y mentiras, es la que hoy pesa sobre ustedes. Es la que explica por qué el tema es Cuba. Y por qué, esta vez, no habrá escapatoria.

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