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¿Por qué el jaque mate económico puede ser la única salida?

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Por Eduardo Díaz Delgado ()

Madrid.- Hay un gran debate. Probablemente el más importante de los últimos años, y diría que de décadas. Aquí sí hay algo que discutir en serio, entender y decidir. O, sencillamente, asumir las consecuencias de no hacerlo.

Las políticas de restricción total están ahora mismo en el centro de la escalada de presión contra el gobierno de La Habana. La presión externa ya ha demostrado algo clave: los ha obligado a aplazar juicios, a desestimar acusaciones fabricadas contra opositores, a liberar presos políticos y a conceder pequeñas libertades económicas y de expresión. No por buena voluntad —porque por naturaleza son tremendos hijueputas, hay que hablar claro—, sino porque cuando ven en riesgo su poder y su futuro, empiezan a hablar de “diálogo” y a hacer concesiones.

La pregunta de fondo es esta, y quiero que te trabaje por dentro mientras sigues leyendo: ¿son válidos unos gobernantes que tienen secuestradas nuestras libertades y las usan como moneda de cambio? No te estoy manipulando. Te lo estoy diciendo de frente.

La presión siempre hacia abajo

Con las nuevas restricciones al acceso de petróleo, la situación de los apagones va a empeorar aún más, si es que eso todavía es posible. El gobierno cubano lleva más de 25 años revendiendo el petróleo que obtenía por el trabajo de los cubanos en Venezuela. En los últimos tiempos, esa reventa creció porque a la población le han ido quitando cada vez más, mientras nos “adaptábamos”. Siempre me pregunté cómo podían pasar meses en apagón por “falta de combustible” y, de pronto, en una fecha clave, aparecer la luz.

Ahora el golpe será más evidente. En las zonas “beneficiadas” de La Habana, los apagones pasarán de 4 o 6 horas a 12 o 14 horas diarias. En gran parte del país, donde ya se vive con 20 o 24 horas sin luz, podrían llegar a 36 o incluso 40. Y en algunos lugares, el cambio se sentirá menos porque ya estaban al límite. ¿Es desagradable? La pregunta ofende. Es durísimo.

A esto se suma otra iniciativa que podría convertirse en ley: la restricción total de remesas y viajes a Cuba, además de investigaciones a negocios que violan el embargo. Esto es, básicamente, un jaque mate. El gobierno necesita enormes recursos para comprar la fidelidad de una base que se ha vuelto mercenaria dentro del propio país, para mantener su nivel de vida y, sobre todo, para no perder el control. Se les va la vida en eso.

El cubano como rehén del gobierno

Esa presión —el estrangulamiento casi total de una economía que en realidad ya está por el piso— afecta directamente a las familias cubanas. Es una solución dolorosa, que mientras dure puede hacer vivir a nuestros padres y seres queridos en condiciones extremas. Algunos dicen “ya de jodío pa’lante, métele”; otros suplican sin consuelo.

Pero la disyuntiva real es esta: el gobierno cubano usa a las familias como rehenes. Saquea las remesas con precios y servicios abusivos, controla todos los recursos y se queda con la mayor parte (cuando te venden con un 300 % de margen, se quedan con casi dos tercios de tu dinero). Cerrar la llave es cerrar también la pequeña porción que llega al pueblo, sí, pero esa porción ya está secuestrada.

Esto puede verse como una asfixia más… o como un tratamiento doloroso pero necesario para terminar con la desgracia a mediano plazo. La asfixia gradual es el castigo que llevamos décadas viviendo: cada vez peor, pero nunca definitivo. Eso solo alarga la vida del régimen mientras esperamos que la gente, desde la miseria, saque lo de mambí.

Y aquí hay un detalle clave: la gente está ocupada sobreviviendo. Apaga la conciencia para poder resistir. Escapa con cualquier chisme. Además, hemos llegado a este punto precisamente por postergar este debate. En 2019 habría sido mucho menos doloroso. Hoy es peor. Mañana puede ser mortal. Y hablo de muertes reales, no metafóricas. Entonces nos lamentaremos de no haber actuado ahora.

Un golpe corto, contundente

Para mí —y esto es mi opinión directa—, esto se parece a una cura para una quemadura: dura, dolorosa y necesaria. O a un tratamiento contra una enfermedad grave. Tiene costos altísimos, pero siempre menores que la vida. Un parón es una acción cívica de una sociedad dependiente, como la abstinencia de un adicto.

Aquí la sustancia es literalmente el sustento. Hoy la economía cubana empieza y termina en remesas y ayudas. Pensar que hay independencia real es un espejismo. No va a haber autoabastecimiento ni producción local. El gobierno de Díaz-Canel terminó de soltar las tuercas del aparato productivo: campos vacíos, industria muerta; todo ya estaba en coma antes de este desastre.

Cuba nunca había sido tan vulnerable a un bloqueo real, ni siquiera en tiempos de Fidel. Y el gobierno de Biden fue, siendo suaves, un pay de coco. Hoy sí existe una presión externa seria, con intención real de tumbar esa dictadura y evitar una masacre. Pero necesita un gesto interno. Algo que el régimen, bajo una presión brutal, no pueda reprimir. Esto no había estado tan cerca nunca. Dejar pasar esta oportunidad puede significar otros 20 años más de lo mismo, pero peor.

Un parón es un catalizador: les seca los recursos para reprimir, los desnuda frente a los suyos y rompe la lealtad comprada con migajas. Un parón ahora tiene sentido. La pregunta es: ¿qué hacemos con el dolor?

Para mí, un parón solo sirve si se hace en serio, sin medias tintas, de forma sincronizada. Como lo que es: una acción de guerra cívica. Martí hablaba de la guerra necesaria solo si era breve y efectiva; una larga era inútil y más costosa. Aquí estamos hablando, más o menos, de lo mismo. Esto solo tiene sentido si es impactante, fuerte y corto. Una sequía larga sería inhumana.

Hoy están dadas las condiciones. Lo que falta es decisión. Por eso este debate es tan importante.

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