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¿Por qué China y Rusia no salvarán a la dictadura cubana?

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Por Albert Fonse ()

Ottawa.- La escena se repite con una precisión casi coreográfica. Cuando la dictadura cubana entra en una fase crítica, cuando la presión externa se vuelve real y el margen de maniobra se estrecha, aparecen los supuestos aliados a cumplir el ritual mínimo. Una visita oficial, una foto cuidadosamente encuadrada en La Habana y, en el mejor de los casos, un barco de arroz presentado como salvación histórica. Eso es todo. No hay rescate. Hay utilería diplomática.

China manda arroz. Rusia manda un ministro. Ninguno manda lo que de verdad sostiene a un régimen en crisis terminal: dinero estructural, energía estable, respaldo militar efectivo o un compromiso estratégico que implique costos reales.

Ambos saben perfectamente dónde se están metiendo. Ambos ya aprendieron la lección en Venezuela. Allí tenían —y tienen— intereses económicos mucho más grandes, más tangibles y con mayor retorno, y aun así evitaron cruzar la línea cuando la situación se volvió peligrosa. Nadie se inmola por La Habana.

Pekín y Moscú…

China no actúa por ideología ni por romanticismo revolucionario. Actúa por cálculo frío. El envío de arroz no es solidaridad; es una inversión mínima para mantener acceso, influencia y presencia simbólica. Es ayuda de subsistencia, no de salvamento. Mantiene al paciente respirando, pero no paga la cirugía. Pekín no va a enfrentarse seriamente a Estados Unidos por Cuba. Nunca lo ha hecho y no hay señales de que vaya a hacerlo ahora.

Rusia juega un papel similar. La visita de un alto funcionario tiene valor propagandístico, no estratégico. Moscú está atado a conflictos mayores, a sanciones profundas y a prioridades donde Cuba ocupa un lugar marginal. La foto sirve para que el régimen cubano diga “no estamos solos”, pero en la práctica no cambia nada en la ecuación de poder. Rusia tampoco va a quemar capital político ni militar por sostener un sistema que ya no garantiza retorno.

La dictadura cubana conoce esta realidad, aunque no la admita. Por eso responde con teatralidad. Por eso exagera cada gesto externo. Necesita vender la ilusión de respaldo internacional cuando en realidad solo recibe migajas cuidadosamente dosificadas. Ninguno de sus llamados aliados está dispuesto a meter las manos en la candela por la dictadura cubana.

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