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Por Yeison Derulo
La Habana.- Cuando el oriente del país se deshacía bajo los vientos del ciclón, Miguel Díaz-Canel decidió quedarse en su burbuja habanera, supervisando la tragedia por videoconferencia, como quien ve una película de desastre ajeno. Ni un paso en botas por las calles inundadas, ni un abrazo a los damnificados, ni una palabra de consuelo frente al dolor. El presidente de los apagones, de los discursos vacíos y de los viajes mendicantes, prefirió mirar desde la distancia cómo el infierno caía sobre sus compatriotas, mientras él, a salvo, posaba en una oficina con aire acondicionado y café importado.
Los cubanos del oriente no necesitaban pantallas, necesitaban presencia. Pero Díaz-Canel, acostumbrado a gobernar desde la comodidad del protocolo, no entiende de eso. En lugar de llegar hasta Santiago, Granma o Guantánamo, donde el viento arrancaba los techos y la gente lloraba la pérdida de todo, el hombre que dice “somos continuidad” demostró que la continuidad de la cobardía también tiene su sello. Los orientales esperaban ver al jefe del Estado donde más duele, pero solo recibieron el eco de su voz transmitida por videollamada y un par de frases ensayadas sobre la “recuperación inmediata”.
La historia se repite con una precisión macabra. Cuando el pueblo sufre, los líderes del castrismo desaparecen. Son expertos en aparecer después, cuando el desastre se convierte en acto político, cuando pueden tomarse la foto levantando una teja o abrazando a una anciana frente a las cámaras de la prensa oficial. Mientras tanto, los muertos, los heridos y los que han perdido su casa siguen invisibles. La “solidaridad revolucionaria” se queda en los discursos, en los tuits redactados por asesores y en las promesas de ayuda que nunca llegan.
Lo más grave no es su ausencia física, sino lo que simboliza: un país donde el poder ya ni se molesta en fingir empatía. Díaz-Canel no fue al oriente porque sabe que nada tiene que ofrecer. Ni recursos, ni electricidad, ni medicinas. Solo frases huecas y un ejército de burócratas que hablan de resistencia mientras el pueblo resiste lo insoportable. Lo suyo fue un acto de desdén disfrazado de prudencia. Un presidente que gobierna por pantalla, sin mirar a los ojos al país que se derrumba.
Así es el cinismo institucionalizado: mientras los niños se refugian en escuelas sin techo y las madres claman por agua y comida, el mandatario sonríe frente a un monitor. A eso ha quedado reducido el poder en Cuba: un espectáculo remoto, dirigido por quien ni siquiera tiene el valor de mojarse los pies en el lodo del sufrimiento nacional. Porque Díaz-Canel no fue al oriente por miedo, por cobardía y, sobre todo, porque ya hace tiempo dejó de pertenecer al mismo país que gobierna.
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