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Por Siro Cuartel ()
Tokio.- El brote de cólera de 2012 en Cuba no fue un accidente inesperado: fue la consecuencia directa de una cadena de fallas estructurales que hoy se están repitiendo casi punto por punto, pero en un contexto más frágil. Por eso preocupa tanto a los médicos cubanos, dentro y fuera del país.
Todo empezó en Manzanillo, Granma. La versión oficial tardó en aparecer, pero los datos de la época señalaron una fuente concreta: un pozo contaminado con heces humanas, muy cerca de zonas donde la infraestructura hidráulica estaba rota y donde la población llevaba años lidiando con agua turbia, baja cloración y abastecimiento irregular.
En ese ambiente, Vibrio cholerae encontró vía libre. Primero fueron decenas de casos silenciosos, luego varios fallecimientos que circularon de boca en boca, y finalmente la confirmación estatal, cuando ya era imposible esconder la magnitud del problema.
El virus se movió con facilidad hacia otras provincias porque el país tenía —igual que ahora— una movilidad interna alta (relativamente) y una vigilancia epidemiológica debilitada.
En La Habana, Santiago, Camagüey y otros territorios aparecieron casos asociados a agua sin tratar, alimentos mal lavados o vendedores que manipulaban comida sin acceso a condiciones sanitarias básicas. Todo eso combinado con hospitales desbordados, escasez de antibióticos y una población que no recibía información clara.
La similitud con el presente es casi calcada: fallas en el suministro de agua, salideros de aguas negras mezclándose con el agua potable, desbordes de fosas, fosas y pozos casi juntos, basura acumulada en las calles, deterioro hospitalario, dificultades para clorar el agua y una crisis económica que obliga a la gente a asumir más riesgos sanitarios de los que debería.
La diferencia —y es lo que más preocupa— es que hoy la capacidad de respuesta del sistema de salud es mucho menor que en 2012. Menos recursos, menos personal, menos insumos y más desorganización.
Por eso algunos médicos advierten antes de que aparezca el primer caso. No necesitan ver el brote para saber lo que viene: basta con reconocer el mismo patrón que ya vivieron hace poco más de una década. Una vez que el cólera entra en un país con estas condiciones, detenerlo se vuelve trabajo cuesta arriba.