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En mayo de 2021, el mundo miró hacia Marruecos. En un hospital de Casablanca, una joven maliense llamada Halima Cissé fue llevada al quirófano. Tenía 25 años y cursaba un embarazo que ya había sorprendido a los médicos. Las ecografías iniciales hablaban de siete bebés. La realidad sería aún mayor.
Con apenas 30 semanas de gestación, comenzó la intervención.
Uno a uno, fueron naciendo. Cinco niñas. Cuatro niños. Nueve.
Cada recién nacido pesaba poco más de un kilogramo. Demasiado pequeños. Demasiado frágiles Y demasiado improbables según las estadísticas. El equipo médico ya tenía incubadoras listas, personal preparado y un protocolo diseñado para lo excepcional. Aun así, el asombro era inevitable. Contaron varias veces. Eran nueve.
El embarazo no fue resultado de un experimento ni de un tratamiento extraordinario. Fue natural. Y su desenlace desafió todas las previsiones médicas conocidas.
Durante semanas, los nueve bebés permanecieron bajo cuidados intensivos. Respiración asistida. Monitoreo constante. Alimentación controlada al milímetro. Cada día era una victoria silenciosa.

Cuando finalmente pudieron salir del hospital, la historia ya había dado la vuelta al mundo. El Libro Guinness de los Récords reconoció oficialmente el nacimiento como el mayor número de bebés supervivientes en un solo parto.
Pero más allá del récord, quedó la imagen.
Nueve cunas alineadas. Nueve respiraciones sincronizadas. Nueve vidas que comenzaron contra todo pronóstico.
Hoy crecen rodeados de su familia, convertidos en símbolo de resistencia y cuidado colectivo. Lo que empezó como una sorpresa médica terminó siendo una lección humana.
A veces, la naturaleza escribe capítulos que la ciencia apenas alcanza a explicar. Y a veces, el asombro tiene nueve nombres.