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Por Ulises Aquino ()
La Habana.- Resulta difícil hacer un análisis justo de la peligrosa escalada actual sin detenerse en las circunstancias que colocan a Cuba en una encrucijada muy complicada después de los sucesos ocurridos en Venezuela.
No cabe duda de la agresividad de la política del actual presidente de los Estados Unidos de América. Como tampoco cabe duda de los graves problemas por los que atraviesa nuestro país después de tantos errores en su política económica y del escaso margen de negociación política de su diplomacia, marcados por el sostenimiento de la beligerancia frente al imperio más poderoso del mundo.
La concentración de nuestros intereses económicos, condicionados por las relaciones políticas, derivó siempre en relaciones económicas subvencionadas, condicionadas por políticas de gobierno, y no por la libertad de mercado ni el desarrollo de fuerzas productivas independientes, lo que ha obligado a la nación a depender del éxito de la gestión del Estado para el mejoramiento de la vida de sus ciudadanos. El individuo ha sido un mero observador.
Pasó en los años noventa con la caída y desbarajuste del llamado campo socialista, y no aprendieron esa dolorosa lección. Una vez triunfó la revolución de Chávez, renunciaron a lo alcanzado en la introducción de firmas extranjeras, sociedades cooperativas, etc., y regresamos a una economía de base: la venta de servicios médicos y profesionales a cambio de un nuevo patrocinador. Nada invirtieron en los campos, en la industria, en créditos al emprendimiento privado y al desarrollo de diversas formas de producción y de propiedad.
No hacen falta balances; la realidad habla por sí sola. El país, empeñado económicamente con grupos financieros internacionales y con varias demandas judiciales por el impago de sus deudas, después de condonadas sumas multimillonarias de préstamos, volvió a empeñarse. Sin capacidad financiera propia para abordar los millonarios retos de nuestra vida cotidiana en materia energética, alimentaria, de salud, de educación y de todo lo que necesita una nación para echar adelante.
Hoy, solo el capital privado puede sacar a Cuba del actual estado de cosas, pero necesita de profundos cambios políticos y de una visión de vida, no de resistencia o supervivencia. No es la resistencia creativa la que conseguirá resolver nuestros problemas; es la libertad creativa. Nuestro país no solo está preparado para un cambio profundo; está obligado y necesitado para sobrevivir como nación libre e independiente.
El desgaste provocado por décadas de improductividad y de fanatismo ideológico ha dejado profundas y negativas huellas culturales, productivas y sociales. Una sociedad marcada por una emigración inmensa y varias generaciones que ven en ella la única solución a sus vidas.
Mirar para otro lado es peor que quedarse ciego. O asumen la realidad como es, sin demagogias, ni lemas, ni eslóganes, o la realidad superará como nunca a la ficción. Todas las amenazas de aquellas épocas de milicianos y combatientes serán un cuento de hadas en comparación con lo que nos tocará vivir.
Tiempo han tenido de cambiar; lo han pedido los especialistas, el propio pueblo lo ha exigido. No son simples amenazas. Aquellos de enfrente no gobernarán 67 años; les quedan 3, y quieren pasar a la historia.